Opinión

"Nos vendría genial que nos olvidáramos de tantas maravillas tecnológicas y recordáramos que el mayor invento de la humanidad fue el beso"

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Luis Arbea

Actualizado el 14/02/2026 a las 11:31

Pues sí, gran cosa esto de la inteligencia artificial. Para algunos, incondicionales forofos de la tecnología, el paradigma del progreso y el desarrollo, el más logrado invento de la humanidad (¿más que el fuego, la rueda, la penicilina o el amor?), pero yo, viejo cascarrabias y carcamal trasnochado, no lo tengo tan claro. Dios me libre de no valorar sus innumerables aportaciones en el campo de la ciencia, la sanidad, la industria o la ciberseguridad y otras muchas en los más diversos ámbitos de nuestra vida. Sin embargo, ¡qué le voy a hacer!, a mí no me seduce, me encanta ir a la contra y hacer de abogado del diablo. En efecto, la IA, a pesar de sus maravillosas virtualidades no es santo de mi devoción y más voy a decir, en cierta manera me espanta. 

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Ciertamente tengo que reconocer que es muy brillante y en sumo grado solícita, como el genio de la lámpara te responde a todo lo que le pides con una prontitud que deslumbra y una eficacia que no deja de sorprender, pero es justo aquí donde reside el peligro que conlleva: un frote abusivo nos aboca irremediablemente (como ha sucedido con los smartphones) a una nefasta dependencia tecnológica que por inanición acabaría con nuestras neuronas. Para qué voy a pensar si mi fantástico chat GPT lo hace mejor y mucho más rápido que yo. Inevitable el enganche y la tragedia servida: la imaginación, la capacidad de resolución de problemas y la creatividad, cercenadas por los suelos. En última instancia, la IA invadiendo, controlando y sustituyendo al humanismo como eje vertebrador de nuestras vidas. Francamente demoledor. Una vez más entre comillas el todopoderoso mito de tecnología y progreso.

Y tampoco estaría de más tener en cuenta otros cuantos despropósitos que pueden acompañar al indebido uso de estos tan ingeniosos como siniestros nuevos algoritmos como su extraordinaria capacidad para falsear y manipular la información y, en consecuencia, la opinión; o, incluso, cómo su impresionante automatización puede sustituir y mermar muchos puestos de trabajo y un montón de desatinos más que confluyen en una idea central: que detrás de la IA subsisten más o menos camuflados un implacable negocio y, lo que es peor. un modelo de sociedad con un tremendo potencial deshumanizante que -no lo puedo remediar- me pone a la defensiva. Tal vez sea cosa de la edad que me impide aceptar sin reservas la modernidad, pero me siguen seduciendo las ideologías de antaño donde el centro de la vida era el Hombre. Así que reconociendo sus impresionantes posibilidades solo se me ocurre decirle aquello del Cantar del Mío Cid: ¡qué buen vasallo si tuviese buen señor!

Pero sobre todo hoy, en un día tan especial y continuando la labor crítica que un viejo y sabio diablo me encomendó y que tan en serio me la he tomado, el tema que nos ocupa merece una reflexión que entiendo fundamental y que a mí personalmente me distancia: a pesar de su magia, la inteligencia artificial es incapaz de tener sentimientos, de sentir compasión, es incapaz de amar. Un cerebro sin corazón que no acaricia por muy prodigioso y poderoso que sea no me interesa. Va a resultar, pues, que igual no son tan de locos mis reparos y mis miedos ante ese intruso robotizado. Por todo ello pienso que nos vendría genial que, al menos por un momento, nos olvidáramos de tantas maravillas tecnológicas y recordáramos que el mayor invento de la humanidad fue el beso. Por eso hoy, Día de los Enamorados, lo reivindicamos con especial y entregada convicción. Sí, tengo el corazón analógico… y el alma también.

Luis Arbea Aranguren. Psicólogo y filósofo.

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