Opinión

"Ha quedado demostrado que David Uclés, el bravo novelista combatiente, defiende bien lo suyo. Pero quizá podría haberlo hecho con menos aparato"

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Jose María Romera

Actualizado el 31/01/2026 a las 11:52

Sabíamos que el mercado literario se estaba poniendo cada vez más difícil para los autores. A la ya ardua tarea de escribir un libro se añadía la no menos penosa de publicarlo, y nada digamos de la casi utópica de cobrar por ello. Desde hace unos años al escritor le toca además promocionarse por su cuenta, sea mediante los tradicionales bolos y giras por el país, sea bajando al barro de las redes sociales para darse a conocer entre un público más presto a la camorra que a la lectura. 

Es en ese marco de penurias laborales donde se inscribe el último chafardeo político-literario de estos finales de enero. La versión heroica del caso lo presenta como una reedición incruenta de la Guerra Civil en la que un joven escritor de cierto éxito ha plantado cara a las fuerzas del fascismo negándose a participar en unas jornadas convocadas bajo el título de '1936: la guerra que todos perdimos'. 

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En la versión en prosa, no ha pasado de ser una excusa para la autopromoción sobreactuada, aprovechando que la memoria histórica ofrece un vasto campo al postureo. «Las guerras civiles -escribió Montaigne- tienen de peor que las demás, entre otras cosas, el obligar a cada cual a estar de centinela en su propia morada». 

Ha quedado demostrado que David Uclés, el bravo novelista combatiente, defiende bien lo suyo. Pero quizá podría haberlo hecho con menos aparato. Lo cierto es que la controversia ha ido más lejos, las jornadas se han cancelado, y ahora no se discute sobre quiénes iban a intervenir en ellas, sino sobre la frase de encabezado. 

Por alguna extraña razón, la interpretación mayoritaria la ha convertido en herejía: supone, nos dicen, una negación de los vencidos, o, lo que viene a ser lo mismo, un blanqueado de los vencedores. Y al oír esto uno se pregunta qué clase de imprevisto giro de guion ha vuelto del revés un tópico cultural tan prestigiado desde hace milenios. 

Con distintas variantes, la idea de que en las guerras todos pierden se encuentra en Plutarco y en Voltaire, en Camus y en Simone Weil, en Arendt y en Tólstoi, en Erasmo y en San Agustín, en Goya y en el papa Francisco. Pero qué sentido tiene invocar la tradición cultural de siglos cuando lo que está en juego es la atención de un puñado de seguidores en Instagram.

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