Opinión
"Un chaval de dieciséis años que regresaba de pescar fue el primero en llegar al lugar del accidente. Sobreponiéndose al horror de los cuerpos mutilados, rescató a muchos heridos"

Publicado el 25/01/2026 a las 05:00
Un buen amigo viajó a Nueva York para pasar una semana con sus hijos. El mayor se quedó en el hotel a descansar; el padre y la hija bajaron a dar una vuelta. Una banda de jazz tocaba en la acera. En ese momento la adolescente cayó hacia atrás, rígida como una tabla. La parte posterior de su cabeza rebotó en la acera. Mi amigo trató de ayudarla, no respiraba, su tono de piel adquirió un tono céreo; luego, azulado. Se le moría entre los brazos. Gritó, rogó ayuda a los transeúntes. De entre el gentío, apareció una chica muy joven que, sin mediar palabra, le realizó las primeras maniobras de reanimación. A los pocos segundos, la hija comenzó a respirar y abrió los ojos. Tal como vino, la chica salvadora desapareció entre la gente. Nunca supo quién era. Al parecer, en todas las desgracias individuales y colectivas aparecen ángeles en forma humana.
Tras el accidente ferroviario de Adamuz (cueva, en árabe; tierra roja, en hebreo); un chaval de dieciséis años que regresaba de pescar fue el primero en llegar al lugar del accidente. Sobreponiéndose al horror de los cuerpos mutilados, rescató a muchos heridos. Lo han entrevistado y asombra la madurez que expresa en un rostro lampiño y de mirada limpia. Me ha recordado a los miles de adolescentes que se armaron con escobas y botas de agua para caminar desde Valencia hasta los pueblos más afectados por la Dana, adonde aún no había llegado el Estado con sus múltiples recursos. Los viejos tendemos a menospreciar a los jóvenes.
Es un patrón generacional; quizá, un síntoma de claudicación. Así juzgaba Sócrates a los jóvenes de su época, hace 2.000 años: “La juventud de hoy ama el lujo. Es mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores, y vaguea mientras debería trabajar. Los jóvenes ya no se ponen de pie cuando los mayores entran al cuarto. Contradicen a sus padres, fanfarronean en la sociedad, devoran en la mesa los postres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros”. No me exculpo, uno también los mira con recelo, pero la llamada “generación de cristal”, a veces resulta ser de acero alado.