El periscopio
Piscina de bolas
Publicado el 23/01/2026 a las 11:49
Lo malo no es que Corina Machado le entregara a Donald Trump la medalla del Nobel, sino que alguien le debió de regalar un atlas unos días antes. El niño Donald, que ve el mundo como una gigantesca piscina de bolas, abrió de pronto el libro y descubrió Groenlandia. A mí me pasó lo mismo cuando tenía cinco años. Yo también me quedé prendado de esa isla gigantesca, pintada de blanco, que flotaba impasible sobre el círculo polar.
Me imaginaba recorriéndola, vestido de esquimal y pelado de frío, haciendo agujeritos en el hielo para pescar. Como soy un tipo apocado, jamás se me ocurrió invadirla. En realidad, puestos a invadir cosas, hubiera preferido mil veces conquistar Sicilia o Malta, lugares soleados, con piscinas, ruinas y chiringuitos.
De mis aventuras en Groenlandia me olvidé cuando crecí y me entró algo de conocimiento. La peculiaridad de Donald es que no ha completado ese proceso. Su cerebro parece haberse quedado detenido en algún punto entre los seis y los siete años, y eso hace que sea dificilísimo de tratar.
No atinamos con la actitud correcta. El pobre Rutte tiene las articulaciones despellejadas y a María Corina le ha faltado entregarle a su hijo primogénito en ofrenda. Delcy probablemente se lo entregó y por eso se mantiene en el poder de una manera confusa: parece que está de pie, aunque en realidad vive de rodillas.
El discurso del premier canadiense en Davos estuvo muy bien, pero se tiró diecisiete minutos hablando y encima citó a Tucídides. Me imaginó a Donald Trump gritando a lo Homer Simpson: “¡Me abuuuuurro!”. En esta grave hora, tal vez no necesitemos estadistas, sino profesoras de preescolar con batas de colores, expertas en reconducir rabietas y caprichitos.