Opinión
"Uno se monta en un tren y en un segundo la vida se le va"

Publicado el 20/01/2026 a las 05:00
Si tuviera arrojo, acabaría aquí mismo esta columna. No lo hago por una cierta vergüenza y porque el lector suspicaz pensaría que me ha pillado el toro o que no tengo demasiadas ganas de trabajar. Sin embargo, eso me suele pasar con frecuencia y siempre acabo salvando el expediente con dos o tres parrafitos más o menos apañados. El efecto del espacio en blanco en el papel sería rotundo y daría que hablar en los bares, aunque en internet el vacío no existe y todo termina convirtiéndose en un barullo feroz e indistinguible. Pero me gustaría que el lector, por una vez, no siguiera leyendo. Cuando escuché las primeras noticias del accidente ferroviario (“al menos dos muertos”) supe que ese “al menos” escondía abismos a los que nos tendríamos que asomar con horror. A las diez de la noche me metí en las redes sociales y salí espantado. No he vuelto a entrar en ese sumidero desde entonces. Tampoco he visto ni voy a ver los programas televisivos de debate, esos irritantes gallineros de voces superfluas.
Necesito silencio. Quizá todos necesitemos silencio. Y no hablo de esos minutos de silencio apresurados y fingidos de los parlamentos, sino de un silencio absoluto, respetuoso y triste, que nos cubra y nos proteja. Ya no leemos a Jorge Manrique ni visitamos los cementerios y así hemos olvidado la única lección que deberíamos tener siempre presente: “Cómo se viene la muerte/ tan callando”. Uno se monta en un tren y en un segundo la vida se le va. De pronto, todas esas figurillas de cera que tanto nos entretienen (Trump y Putin, Sánchez y Feijóo, Junqueras y Otegi) desaparecen como los fantasmas que en realidad son y solo queda la verdad brutal de un vagón que descarrila en un erial cordobés.