Opinión

¿Está en peligro la democracia?

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Álvaro Miranda

Actualizado el 17/01/2026 a las 11:26

Hace ahora un año, el 20 de enero de 2025, Donald Trump juró su cargo como presidente de los Estados Unidos. Resulta asombroso que, en apenas doce meses, una sola persona haya sido capaz de desmontar, sin apenas resistencia, el orden liberal que los propios Estados Unidos contribuyeron decisivamente a construir hace más de ochenta años. Tal vez todo nuestro mundo solo era un castillo de naipes. No había cimientos, solo apariencia. No había instituciones sólidas, solo escenografía y burócratas. No había -no hay- líderes, sino figurantes. Si tan fácil ha sido, el siguiente paso podría ser la caída sistémica de la propia democracia.

La democracia es el sistema político más reciente y extraño en la historia de la Humanidad. Desde que el homo sapiens se puso en pie hace un más de millón de años en el continente africano, la organización de las sociedades humanas se basó en que los grupos de individuos se dejaban guiar por el más fuerte, el más decidido y, casi siempre, el más cruel.

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A partir de entonces todo fue tiranía. Acadios, sumerios y egipcios, pero también griegos y romanos; tanto incas y aztecas como los reinos milenarios del lejano oriente; junto con los principados indios, los sultanatos árabes y los reinos y tribus africanas, toda la humanidad ha vivido sistemáticamente, durante milenios, bajo el imperio de tiranos. No digamos nada de nuestra Europa, sucesión ininterrumpida de reinados absolutos hasta el siglo XX, incluyendo España, donde nuestra Democracia, hoy ya con heridas, casi no ha echado los dientes tras haber nacido en 1978. A día de hoy, más de un 70% de la población mundial vive gobernada por tiranos, cifra que, lejos de disminuir, va en aumento.

La semilla de la democracia, de origen exclusivamente occidental, se plantó en la Revolución Gloriosa de Inglaterra de 1688, cuando el Parlamento inglés acabó con el absolutismo de los Estuardo y estableció una primera separación de poderes; esta ruptura devino posteriormente en la genuina democracia británica, extendida después a los países de la Commonwealth. Por contra, la Revolución francesa de 1789 está sobrevalorada como punto de inflexión en la historia política de la Europa continental, pues el siglo XIX, que comenzó con las guerras napoleónicas, fue una sucesión de desastres y fracasos políticos en todo el territorio que culminaron en las dos guerras mundiales.

En todo caso, la democracia, tal y como hoy la conocemos, se nutre de la Constitución americana de 1787, auténtico prodigio político diseñado por mentes preclaras. Ya entonces, los ‘padres fundadores’ americanos entendieron que la democracia no solo era votar, y que solo sobreviviría en base a contrapoderes pues, con carácter general, la clase política (también la actual) tiende a la tiranía.

Ahora, en pleno siglo XXI, la democracia se enfrenta a graves amenazas. La primera es que no está claro que el ser humano sea intrínsecamente democrático: la historia contradice esta premisa. Hoy en día, sin ir más lejos, una parte no menor de la población occidental estaría dispuesta a ceder libertades a cambio de ser gobernados por líderes fuertes, incluso siendo no democráticos. Y ellos lo saben. En segundo lugar, el sistema no está preparado para expulsar a jugadores no democráticos; es más, se les permite participar en el juego a pesar de que, si llegaran a tener verdadera fuerza, podrían acabar con el propio sistema. Y, en tercer lugar, el esquema originario de contrapesos se está demostrando vulnerable e insuficiente, pues buena parte de ellos están siendo colonizados, sin rubor, por la clase política dominante. Y aquellos que, como por ejemplo la judicatura o los medios de comunicación tradicionales, todavía son ‘independientes’, están en el punto de mira como víctima propiciatoria final.

En estas circunstancias aquéllos que viviendo en un país todavía democrático como España defienden a Trump, puede ser que no perciban que quizá estemos ante un personaje que está llevando al límite la democracia americana, si no de derecho, sí por los hechos. Y si la democracia americana cae, las europeas van detrás, pues aliados no le van a faltar. Y si nuestra democracia cae o se desfigura, los tiranos de uno u otro signo dirigirán nuestras vidas.

Es por tanto de gran importancia que, al menos en nuestro país y por nuestro presidente, se respeten las reglas no escritas de la democracia, precisamente para defenderla a capa y espada. Porque gobernar sin reglas es ponerse al mismo nivel que Trump. No es admisible gobernar sin contar con el Congreso de Diputados (la nueva portavoz del Gobierno dixit) por no tener mayoría; gobernar sin Presupuestos; gobernar levantando muros contra la mitad de la población; gobernar comprando votos con la unidad nacional o con el dinero de todos los españoles; y gobernar facilitando con tus actos el crecimiento imparable de partidos que podrían ser el caballo de Troya de una futura involución democrática. La obsesión de Sánchez, al igual que Trump, es pasar a la Historia. A este paso, y salvando las distancias, ambos pueden acabar en la misma galería: la de destructores de la democracia.

Álvaro Miranda Simavilla. Ingeniero de Caminos.

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