Opinión

Pensar despacio, una buena inversión

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Luis Arbea

Actualizado el 15/01/2026 a las 23:29

No inventamos la pólvora si afirmamos que nuestros pensamientos fundamentan nuestra toma de decisiones y, en última instancia, nuestro comportamiento; o, dicho de otra manera, que actuamos según lo que pensamos (salvo en esas ocasiones especiales un tanto tramposas y nada sinceras que también forman parte de nuestro repertorio personal). Asimismo, también es obvio que son muchas y muy diversas (¿tantas como individuos?) nuestras maneras de pensar. En esta línea y tratando de simplificar en 2011 el premio Nobel Daniel Kahneman generalizó un doble sistema de pensamiento: uno rápido, automático, muy emocional, que tendría mucho que ver con el mundo de las intuiciones; y otro, lento, lógico, más racional y reflexivo que enlazaría con el mundo de la consciencia. Pensar rápido y pensar despacio, dos sistemas básicos y complementarios en la ordenación y equilibrio de nuestro juicio y nuestra conducta.

Por otra parte, tampoco nos van a condecorar en ciencias sociales como al doctor Kahneman si constatamos que en la actualidad recibimos tal aluvión informativo que acaba produciéndonos una “fatiga cognitiva” que nos empuja a dar respuestas rápidas y fáciles (casi siempre viscerales y poco razonadas) a realidades complejas. Impepinable el resultado: una epidemia de certezas simples que en la mayoría de las ocasiones poco tienen que ver con la realidad pero que siempre, ¡qué curioso!, se ajustan indefectiblemente a nuestro particular mapa mental. Pues eso, que finalmente solo oímos lo que queremos oír, leemos lo que queremos leer y, en definitiva, vemos exclusivamente lo que queremos ver y de esta manera sin el menor esfuerzo nuestras verdades y prejuicios quedan reforzados como únicos y absolutos. Un auténtico chollo esto de pensar rápido.

Sin embargo, aunque llegue a proporcionar una inmediata seguridad a nuestro ego distorsionando la realidad y bloqueando otros planteamientos que nos resultarían difíciles de soportar, a su vez, nos conduce irremediablemente a un posicionamiento ideológico enfrentado (ahora se llama polarización) que imposibilita el encuentro y el entendimiento entre ciudadanos porque somos los buenos y el infierno son los otros. Ese pensar rápido que nos acaba llevando a aceptar sin el menor rubor cualquier noticia, bulo, mentira o media verdad que ratifique nuestras opiniones y demonice las diferentes. De esta manera, las noticias que seleccionamos acaban convirtiéndose en consigna y nosotros en feroces militantes; la confrontación está servida, imposible compartir la verdad, la convivencia vuelta al aire y una sociedad crispada y mal informada (desinformada) que termina resultando fácilmente manipulable. ¡Qué desilusión!, esta práctica no va a resultar la ganga que nos habíamos imaginado.

Por todo ello, creo que nos vendría de perlas poner un poco más de pensar despacio en nuestras vidas: ajustaríamos nuestra conducta más acorde a la realidad y nos ayudaría a liberarnos de la perniciosa cultura de los bulos en la que ya estamos inmersos. Extraordinaria tarea, aunque no precisamente fácil pues las verdades necesitan ser pensadas y reflexionadas y ello supone un considerable esfuerzo. Un ejercicio que no trataría de encontrar certezas inmutables sino simplemente de, en base a hechos y datos contrastados, discernir y decidir sobre las distintas interpretaciones (la verdad no solo tiene que ser sentida, sino también demostrada). En definitiva, un pensar crítico (por supuesto autocrítico) que nos abriría las puertas a otros planteamientos, al diálogo y, en última instancia, a una convivencia más humana; debatiríamos contra ideas y no contra personas y, de paso, suavizaríamos el odio que con tanta noticia perversa está empezando a destilar nuestro cerebro y enfangarnos el corazón. Un pensar despacio que nos alejaría de determinados condicionamientos y nos haría más libres. Fantástico y fantasioso invento… pero no me digan que no sería una buena inversión.

Luis Arbea es psicólogo y filósofo.

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