Opinión
"Me dolería más que se perdiera el toro de casta navarra que la rana del Amazonas, de la que, hasta que me dijeron que se estaba extinguiendo, yo no sabía ni que existía"

Actualizado el 14/01/2026 a las 07:53
Cómo nos aburrimos de las cosas —y también de las palabras—, vamos cambiándole el nombre a lo que nos ocurre. En Moncloa tienen una maquinita para sacar palabras nuevas con las que van entreteniendo al personal a la espera de que lleguen los próximos sanfermines. No hace mucho tiempo decían que a los pibes les estaba dando la ecoansiedad, que, según yo entendí, era una fatiga que les entraba porque la Tierra se estaba destruyendo y corría peligro alguna rana multicolor del Amazonas o aquella variedad de la gacela Thompson.
A mí, la verdad, es que me dolería más que se perdiera el toro de casta navarra que la rana del Amazonas, de la que, hasta que me dijeron que se estaba extinguiendo, yo no sabía ni que existía. La cosa es que los chicos se agobiaban porque les dijeron unos malvados que su presencia en el mundo lo estaba contaminando. Yo creo que el mundo sin los chicos no tiene ningún sentido. Si los humanos, con sus fábricas y sus descomunales chimeneas de humo que se le van al cielo, se van del planeta, a mí la Tierra no me serviría ni para taco de escopeta, y por mí ya le podían ir dando dos duros a la Pachamama que siempre me cayó gorda, con perdón.
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Durante años estuvieron diciéndoles a los jóvenes que todo estaba mal, incluidos ellos mismos, y así llenaban los divanes de los psiquiatras, cuando no los tanatorios, con sus bellos cuerpos desprovistos de futuro. Les fuimos quitando la esperanza y la alegría. Les dijeron que todo era violencia, les convencieron de que les odiaba todo el mundo, de que les oprimía hasta la talla 38 en aquella parte. El heteropatriarcado. La belleza normativa. La Iglesia. La familia. El sistema educativo. Todo, digo, se había convertido en su supuesto enemigo. Debían matar al padre, al dueño del supermercado, a su jefe, a su novio. Así no hay quien viva.
Andábamos perdidos en todas las ansiedades cuando, de pronto, apareció la geoansiedad, que es una cosa que le entra a la gente, al parecer, al pensar en lo loco que está el mundo y el orden internacional. Naturalmente, esto ha empezado a aparecer en los titulares con las actuaciones de Donald Trump, porque hay que suponer que, si el mundo ahora se ha vuelto loco, es que antes estaba cuerdo.
Igual es que nos hicieron creer que la amenaza era que te miraran los muslos en la playa o aquel micromachismo de abrirte la puerta del ascensor si era una señora, y mientras tanto estábamos a punto de entrar en la Tercera Guerra Mundial sin darnos cuenta.