Opinión
Irán: el cuestionable retorno del Sha

Actualizado el 14/01/2026 a las 07:52
Irán vive lo que parece ser la enésima insurrección popular que también podría acabar como las anteriores: cientos de muertos y miles de presos políticos más en las cárceles, mientras la estructura represiva de la República Islámica permanece intacta. Sin embargo, en este caso, aparecen factores que señalan hacia el fin de una dictadura teocrática que ya dura medio siglo. El primero de ellos es la motivación económica de esta nueva oleada de movilizaciones, una pérdida del poder adquisitivo del 75 por ciento en solo dos meses, lo que ha llevado a sectores hasta ahora incondicionales al régimen a unirse a la revuelta. Un buen ejemplo es la ciudad de Dezful, con fuerte presencia religiosa, una de las más castigadas en la guerra Irán-Irak de los años 80 y con un considerable número de “mártires”, razón por la cual recibía gran cantidad de subsidios gubernamentales. En contra de otras ocasiones, sus habitantes se han lanzado a la calle gritando las mismas consignas de “¡¡Muerte al dictador!!” que se han escuchado por todo Irán y, como en muchos lugares, también han intentado incendiar una de las mezquitas de la ciudad. El asalto, saqueo o incendio de mezquitas, principal mecanismo de transmisión ideológica del régimen, es otra muestra de que en la inmensa mayoría de la población se han debilitado considerablemente los vínculos religiosos y más perdurables con el sistema instaurado por Jomeini en 1979.
¿ERES SUSCRIPTOR? AQUÍ TIENES MÁS INFORMACIÓN SOBRE ESTE TEMA
Amplía la información sobre OPINIÓN en la edición e-paper de Diario de Navarra, disponible a diario para suscriptores de papel y PDF
Especialmente significativo es también que, como 1979, la chispa de la revuelta haya saltado en el Bazaar, un sector comercial clave para la estabilidad del país. Entonces, la deserción de este importante activo económico fue el desencadenante de la revolución iraní, la caída del Sha Reza Pahlevi y el ascenso de los ayatolás al poder. Muchos consideran que la historia se está repitiendo y la pérdida de este pilar supondrá, a la postre, el fin del absolutismo religioso personificado en el Guía de la Revolución: Alí Jamenei. Precísamente, la aparición de banderas con el “león imperial persa” y de consignas reclamando el retorno del Sha en la persona de su hijo Reza Ciro es otra de las grandes y sorprendentes novedades de la nueva revolución iraní. Pero la aparición del príncipe Pahlevi como alternativa al poder es más producto del bombardeo mediático de televisiones en lengua persa norteamericanas y británicas, como “Irán Internacional” o “Man-o-to” (Yo y tú), que de una realidad política. Ni siquiera todas esas banderas con el “león persa”, símbolo de un glorioso pasado imperial, pueden atribuirse a los monárquicos, que las prefieren con ese mismo emblema pero bajo la Corona de la realeza. Es cierto que los Pahlevi siguen teniendo adeptos en los estratos más elevados de la sociedad iraní, especialmente en los acomodados barrios del norte de Teherán, pero otras tendencias opositoras, como los Mujahidines, los partidos kurdos, baluches o azeríes de izquierda tienen una base social mucho más amplia que los monárquicos.
A tenor de las últimas proclamas y declaraciones de Reza Ciro llamando a destruir estos grupos “comunistas” y “separatistas” que amenazan “la gloria de Persia”, parece extremadamente difícil que el heredero del Sha y la monarquía puedan ser la salida a la actual crisis. Una estadística publicada por un grupo opositor en base a las consignas gritadas en las manifestaciones callejeras refleja que el 60 por ciento piden el fin de Jamenei y la República Islámica, no llegan al 20 por ciento las de carácter económico y solo un 14 por ciento reclama el retorno del Sha. Pero, tal vez, el factor que más trascendencia tendrá en el futuro inmediato de la antigua Persia está en la nula capacidad de maniobra que le queda al régimen. En las anteriores revueltas, aún pudo utilizar, para justificarse, la amenaza exterior, la resistencia frente al imperialismo norteamericano o la necesidad de defender al pueblo palestino, sobre todo ante el genocidio perpetrado por Netanhayu en Gaza.
Pero la denominada “Guerra de los Doce Días” contra Israel puso en evidencia sus limitaciones defensivas, además de sufrir el descabezamiento de toda su cúpula militar y la neutralización de sus aliados regionales. Lo único que le queda para mantenerse en pie es la fortaleza de un impresionante aparato militar y represivo alimentado por los ingentes recursos de petróleo y gas mientras la inmensa mayoría de la población apenas puede comprar en las tiendas. En caso de que realmente nos encontremos ante el fin del Guía de la Revolución debido a la incapacidad de sus “guardianes” para controlar la situación, la alternativa, con o sin la ayuda de Trump, habrá que buscarla en otros ámbitos opositores, a no ser de que, como sucedió en 1991 con Sadam Husein y ocurre ahora con Venezuela y Siria, se mantengan las mismas dictaduras con distintos personajes.
Manuel Martorell es experto en política internacional y Oriente Medio.