Opinión

La Doctrina Monroe de EE.UU. y la soledad estratégica de Europa

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María Jesús Valdemoros

Actualizado el 12/01/2026 a las 07:55

Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, Estados Unidos fue percibido como el principal garante del orden internacional liberal. La defensa de la democracia representativa, el libre comercio y el multilateralismo formaron parte del núcleo de su política exterior y de su legitimidad como potencia hegemónica. Ese liderazgo no fue altruista, pero sí coherente. El sistema de reglas, instituciones y alianzas que Washington impulsó tras la Segunda Guerra Mundial beneficiaba a sus intereses económicos y estratégicos, al tiempo que ofrecía un marco de estabilidad y previsibilidad al resto del mundo. Ese consenso se ha roto. En los últimos años, Estados Unidos ha iniciado un giro profundo en su política exterior y comercial que supone un alejamiento explícito del multilateralismo y del libre comercio, junto con una reconsideración pragmática, y cada vez menos disimulada, de su compromiso con la promoción de la democracia fuera de sus fronteras. Este cambio comenzó con Donald Trump, continuó con la presidencia de Joe Biden y se ha intensificado con el regreso de Trump a la Casa Blanca. 

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El mensaje resulta inequívoco. No se trata de una anomalía política, sino de una transformación estructural que Washington asume ya de manera abierta, como refleja la Estrategia de Seguridad Nacional publicada el pasado mes de noviembre. En el ámbito económico, el libre comercio ha dejado de ser un principio incuestionable en Washington. La imposición de aranceles, la utilización del comercio como herramienta de presión política y la protección activa de sectores considerados estratégicos se han convertido en elementos centrales de la política económica estadounidense. El discurso también ha cambiado. Ya no se habla de eficiencia global o de beneficios mutuos, sino de seguridad económica, resiliencia de las cadenas de suministro y defensa del empleo nacional. El comercio internacional se concibe cada vez más como un juego de suma cero, subordinado a consideraciones geopolíticas y electorales. Lo significativo es que esta lógica ha sido compartida, con matices, por administraciones de distinto signo político. 

Biden no desmanteló el giro proteccionista de su predecesor, sino que lo reformuló bajo un lenguaje distinto, más tecnocrático y con menos confrontación, pero igualmente intervencionista. Subsidios industriales, discriminación implícita a productores extranjeros y una creciente desconfianza hacia las instituciones multilaterales de comercio forman parte de una misma tendencia. Estados Unidos ya no está dispuesto a someterse a reglas comunes si estas limitan su margen de maniobra. Este repliegue del multilateralismo económico va acompañado de un cambio igualmente profundo en el plano geopolítico. En América, Estados Unidos parece haber recuperado una lógica de esfera de influencia que recuerda a etapas pasadas de su política exterior. La prioridad ya no es tanto que los países de su entorno compartan valores democráticos, sino que no se alineen con potencias rivales y actúen de manera compatible con los intereses estratégicos estadounidenses. La reciente actuación en Venezuela resulta ilustrativa de este enfoque. 

Más allá del régimen político del país, lo determinante ha sido acabar con políticas contrarias a los intereses estadounidenses e impedir que otros grandes actores consoliden su presencia en la región. Este retorno implícito a la Doctrina Monroe supone una ruptura con el discurso liberal que durante décadas acompañó a la política exterior estadounidense. La defensa de la democracia se vuelve selectiva y contingente, subordinada a cálculos de poder. Estados Unidos actúa cuando considera que sus intereses están en juego y mira hacia otro lado cuando el coste de intervenir, o de exigir estándares democráticos, resulta demasiado elevado. La coherencia normativa cede ante el realismo estratégico, una lógica que la propia Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos publicada el pasado mes de noviembre reconoce al situar la competencia entre grandes potencias en el centro de la acción exterior. El problema de fondo es sistémico. Al abandonar su papel de garante del orden liberal, Estados Unidos contribuye a erosionar las reglas que él mismo ayudó a crear. El resultado es un sistema internacional más fragmentado, menos previsible y más propenso al conflicto. Otros actores aprenden rápido la lección. Si la principal potencia mundial utiliza el comercio, las sanciones o la fuerza de manera unilateral, no existen incentivos claros para que el resto actúe de otro modo. China, en particular, se beneficia de este vacío. Sin presentarse como defensora de la democracia liberal, ofrece a muchos países una alternativa pragmática basada en inversión, financiación y cooperación económica sin condiciones políticas explícitas. Frente a un Estados Unidos que prioriza la lealtad estratégica y penaliza las desviaciones, Pekín proyecta una imagen de socio previsible y paciente. 

El atractivo de ese modelo no reside en sus valores, sino en su coherencia. En este contexto, Europa aparece como el gran actor descolocado. Durante años hemos confiado en que el orden liberal era irreversible y en que Estados Unidos seguiría siendo nuestro principal sostén político y militar. Europa apostó por el multilateralismo, por el comercio abierto y por el poder normativo, convencida de que las reglas sustituirían progresivamente a la fuerza. Hoy nos enfrentamos a un mundo en el que esas reglas se debilitan y la fuerza vuelve a ocupar un lugar central. La Unión Europea carece de una política exterior y de seguridad verdaderamente común, depende en gran medida de Estados Unidos para su defensa y muestra profundas divisiones internas en cuestiones estratégicas clave. Mientras Washington gira hacia el proteccionismo y la lógica de esferas de influencia, y China avanza con una estrategia geopolítica clara, Europa duda, reacciona tarde y a menudo se limita a declaraciones de principios. El riesgo es evidente. Convertirse en un actor normativo sin capacidad real de influencia. El desafío europeo no es menor. Debe decidir si quiere seguir confiando en un orden internacional que ya no existe o si está dispuesta a asumir los costes económicos, políticos y estratégicos, de actuar como un actor global autónomo. En un mundo en el que Estados Unidos ha dejado de ser el defensor del liberalismo y el libre comercio, quedarse en tierra de nadie no es una opción neutral. Es, sencillamente, quedarse fuera de juego. 

María Jesús Valdemoros

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