Opinión

"Nos arremolinamos en el calor domesticado de los grandes almacenes. Dos mujeres pujan en un cajón por encontrar el par suelto de unos calcetines de invierno"

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Juan Gracia Armendáriz

Publicado el 11/01/2026 a las 05:00

En la plaza donde mi perro se alivia hay un nuevo inquilino. Es un hombre que discute con su pasado frente al busto de Clara Campoamor. Bebe de un cartón de vino, ajeno al frío polar y al cielo de un azul de seda vieja. La luz es un prisma helado y cubre una ciudad que tirita. En las esquinas, los papeles y cajas de regalos infantiles forman una obra de arte tan efímero como la alegría que provocaron los juguetes que contenían. De camino al parque, la mujer anónima que ha puesto su nombre a un banco, se lía un cigarro tembloroso. Sonríe, me mira sin verme y vuelve a concentrarse en una felicidad sin filtro. Todas las tardes, hay un árabe que fuma una shisha. Hoy no está, pero ha dejado un cartón con la huella de sus nalgas. Comienzan las rebajas y muchos caminamos con cara de tarjeta visa. Nos arremolinamos en el calor domesticado de los grandes almacenes. Dos mujeres pujan en un cajón por encontrar el par suelto de unos calcetines de invierno. 

Un hombre con cara de pocos amigos se prueba una prenda de abrigo, su mujer lo mira como a un cuadro. El hombre arruga la nariz frente al espejo. En efecto, está hecho un poema. El perro me acompaña al probador, pero no opina nada de mis pantalones. Sólo desea salir a la calle mientras muerde la correa. Afuera, nos sorprende un atardecer que trae un remolino boreal. La mujer africana que vende pañuelos me ofrece uno. Es alta, fuerte, se ha hecho con esa esquina y defiende su espacio con fiereza frente a un grupo de gitanos rumanos que parecen salidos de una pintura de El Bosco. Arrastran carritos de la compra llenos de paraguas rotos y trozos de tubería. En su país, hasta hace cien años eran esclavos; ahora son nómadas que arrastran cadenas invisibles. Una joven con una lágrima tatuada trató de robarme. Advertí su ardid y se alejó con una sonrisa de suficiencia. En casa, el calor nos abraza. Mi vecino venezolano pasa un frío de muerte. Su mujer no se acostumbra. No saben qué hacer, si regresar al Caribe o esperar a que los dueños del mundo decidan por ellos. Me invitan a unas arepas y yo añado un poco de vino. Brindamos por el presente, que en esta tarde parece ser el único anclaje seguro.

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