Opinión

La política, para quien la trabaja

"Las batallas políticas se pueden ganar o perder, pero nunca deberían perderse por incomparecencia, que es lo que está sucediendo"

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Manuel Sarobe

Actualizado el 09/01/2026 a las 23:31

Álvaro Bañón publicaba recientemente un artículo en el que contraponía el firme compromiso de los nacionalistas con su causa, a la mayoritaria inacción del resto. No puedo estar más de acuerdo con dicha reflexión, que refrendaré con mi experiencia personal. En los convulsos años de plomo ejercí de notario en una localidad del País Vasco profundo, feudo de Herri Batasuna. Para que se hagan una idea, a la concentración convocada frente a los ayuntamientos de toda España en protesta por los brutales atentados de 2004 en Madrid, cuando todavía no se había descartado la autoría de ETA, acudimos dos personas. Guardo, con todo, un excelente recuerdo de esa etapa, pues adoro Euskadi. La experiencia a la que me refiero está vinculada con mi actuación en materia electoral. La ley prevé que quienes por enfermedad o incapacidad estén imposibilitados para votar personalmente puedan hacerlo otorgando un poder notarial al efecto. Los trámites son un tanto farragosos. Se precisa un certificado médico oficial acreditativo de las causas impeditivas, el desplazamiento del fedatario al domicilio del interesado y la designación de un apoderado que deberá personarse al menos dos veces en las atestadas oficinas de Correos. Buena parte de los que se encuentran en esta situación opta por no votar. No sucedía ello en mi distrito. 

El partido que en mayor medida requería de mis servicios era el PNV, cuyos longevos votantes estaban más achacosos que los jóvenes electores de HB. La formación jeltzale se encargaba de todo. Uno de sus concejales, galeno, expedía los certificados médicos; el partido proporcionaba voluntarios que se ofrecían a actuar como apoderados, y de los trámites notariales también se ocupaban ellos. Completada la documentación, ponían a mi disposición un taxi para los desplazamientos. Me acompañaban simpatizantes que ejercían de testigos instrumentales en los casos prevenidos por la ley. Aunque la labor se concentraba en residencias de ancianos, un itinerario concienzudamente elaborado me llevaba a decenas de domicilios particulares, incluidos recónditos caseríos diseminados por las verdes montañas. No se perdía un solo sufragio. Cada votante recibía un paquete de caramelos, deferencia del partido. El trato conmigo fue siempre respetuosísimo, incluso en aquellos casos en los que me negaba a autorizar una escritura al apreciar falta de capacidad del poderdante. En ocasiones, fruto de la confianza labrada tras años de visita a los mismos domicilios, e incumpliendo toda deontología profesional, pues el voto es secreto, bromeaba con las simpatizantes más recalcitrantes, preguntándoles si el poder era para apoyar al PP, a lo que reaccionaban furibundamente. Hubo quien a punto estuvo de atizarme un zurriagazo con una makila…Concluida la trabajosa faena, prestada gratuitamente, el PNV me ofrecía una comida en el Batzoki, invitación que amablemente declinaba, mientras que los representantes de HB me regalaban flores. 

Esta actividad me permitió acceder a incontables hogares en los que tomé verdadera conciencia del acusado compromiso político antes referido. La imaginería nacionalista lo inundaba todo; ikurriñas, escudos del “Zazpiak bat”, árboles de Gernika, lauburus, arranos beltzas, fotos de Sabino Arana, en ocasiones dispuestas en pequeños altares con luces o velas, siempre encendidas… También anagramas de ETA. Para muchos nacionalistas, la política es una religión que profesan con honda devoción. Viven por y para su causa. Militan 365 días al año. Están con los suyos a muerte, con razón o sin ella. Los más radicales, sin aflojar esa presión que todavía hoy impide que en buena parte de la Navarra comanche ni el PSN, ni Geroa Bai, ni Contigo Zurekin se atrevan a presentar candidaturas, o la que amarga la vida a la alcaldesa de Estella, por ejemplo. Parafraseando la consigna del líder revolucionario mexicano, Emiliano Zapata, “La tierra es para quien la trabaja”, podemos afirmar que la política es también para quien la trabaja. Y, en este aspecto, hemos de reconocer que los bildutarras, cuya constancia tiene premio, nos dan sopas con honda. Quede claro que no hay ningún reproche en ello, antes bien admiración, pues lo censurable es el pasotismo del resto. 

Las batallas políticas se pueden ganar o perder, pero nunca deberían perderse por incomparecencia, que es lo que está sucediendo. A esta tenacidad de los abertzales se suma su blanqueamiento por parte de unos socialistas cuya sumisión a los nacionalistas más extremos, herederos -no arrepentidos- de ETA incluidos, les está hundiendo, como evidencian sus pésimos resultados en las elecciones autonómicas en curso. La creciente llegada de inmigrantes puede hacer peligrar la expansión de un nacionalismo vinculado a una raza, a una religión, a una lengua, a una cultura y a un terruño extraños para muchos foráneos. Cuesta imaginar a un musulmán sustituyendo su taqiyah por una txapela o una barretina, lo cual explicaría la actitud abiertamente xenófoba de partidos como Alliança Catalana. Y usted, amable lector, seguramente más interesado por la actualidad rojilla, ¿en qué anda exactamente? ¿Está dispuesto a convertirse en un actor político, o prefiere ser un mero espectador? Sepa que lo que usted no decida, lo decidirán otros por usted, perdiendo así todo derecho al ulterior lamento. 

Manuel Sarobe. Notario

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