Editorial

Putin, muy presente en Mar-a-Lago

Putin, muy presente en Mar-a-Lago

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Editorial DN

Publicado el 30/12/2025 a las 05:00

Solo una disciplina sobrehumana como la exhibida por Volodímir Zelenski el domingo en Florida puede permitirle asistir sin respuesta a la exhibición de desorientación moral de Donald Trump. Ningún pacto salió del encuentro entre los dos presidentes en el inapropiado escenario de Mar-a-Lago. Pero no es mala noticia que Ucrania mantenga abierto el cauce con EE UU, gracias a su empeño por evitar que Washington acuse al país invadido de obstruccionismo. 

Parece cada vez más claro que la búsqueda de un final para la guerra es imposible porque Rusia no lo quiere. Vladímir Putin se preparó para la cumbre con más esmero que si hubiera estado invitado. En las jornadas previas ofreció un calculado despliegue de militarismo, que desmiente los deseos de paz que le atribuye el presidente estadounidense. Y tanto el sábado como el mismo domingo atacó, con cientos de drones y misiles, ciudades ucranianas en las que millones de civiles se quedaron sin luz ni calefacción en el crudo invierno. No hay mala acción sin recompensa en la diplomacia de Trump, que premió a Putin con una llamada antes de recibir a Zelenski y después le puso al corriente de lo tratado en el encuentro.

Resulta doloroso escuchar cómo Trump sitúa en el mismo plano las ofensivas del Kremlin contra edificios residenciales y las acciones defensivas de Kiev, que buscan dañar la producción de hidrocarburos que alimenta la maquinaria de guerra del Kremlin. La corrupción estratégica que guía su proceder, en este y otros conflictos, anima al republicano a presionar sólo a la parte más débil. Y, en su impaciencia por atribuirse el fin de la guerra, reproduce la propaganda rusa cuando apremia a Ucrania a «llegar a un acuerdo ahora porque sus territorios podrían ser tomados en los próximos meses». Como si estuviera escrito.

Frente a la embestida conjunta de Washington y Moscú, Zelenski necesita garantías fiables contra futuras ambiciones del imperialismo ruso. Aunque resulte legítimo preguntarse por el valor de los acuerdos que pueda suscribir EE UU, dispuesto ahora a saltarse su propia doctrina de no reconocer cambios de fronteras por la fuerza; y que secunda la negativa rusa a un alto el fuego, incluso para celebrar el referéndum que debería decidir cualquier cesión territorial. El acoso combinado a Ucrania obliga a Europa a conseguir presencia directa en los escenarios en los que se decide no solo el futuro de los ucranianos, sino de todo el continente.

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