"Si cocer gambas es tortura y cantar villancicos ofende, ¿qué será lo siguiente? ¿Prohibir las cabalgatas de Reyes por exaltación de la monarquía?"
Vivimos en una época en la que la corrección y el buenismo nos atenaza


Publicado el 25/12/2025 a las 05:00
Reconozco que soy de esos a los que ciertas noticias le enervan más de lo que debieran. Qué le voy a hacer, será el puntito Grinch que todos llevamos dentro. Aunque en este caso, algo de razón levo. La culpa es de un doble anuncio que llega esta semana desde las islas británicas, ya saben, ese nido de piratas que tanta guerra nos dio en el pasado y al que volvemos encantados para hacernos selfies en sus cabinas de teléfono rojas. Y esta vez amenazan con exportarnos mercancía peligrosa.
El caso es que acaban de aprobar una ley que prohíbe cocer vivas a gambas, langostas, cangrejos y cigalas “porque es tortura” y así se “evitará el sufrimiento de seres vivientes”. Y ojito, no son los primeros, que Suiza, Noruega y Nueva Zelanda ya lo habían regulado antes. Mira que no soy de crustáceos, pero me da que algunos se preocupan más por el bienestar animal que por el de ciertos humanos.
La segunda noticia es de traca: los pubs, esos maravillosos templos de cultura popular en los que es una obligación perderse al menos una vez en la vida, van a restringir el uso de villancicos para evitar “vulnerar la sensibilidad religiosa” de sus trabajadores. Hablamos de canciones míticas como Jingle Bells. Ya ven, la Navidad ha caído de lleno en el radar de la corrección política en Reino Unido. Y no lo duden; alguno estará ya tomando nota para traernos aquí su maná ideológico.
Y digo yo. Si cocer gambas es tortura y cantar villancicos ofende, ¿qué será lo siguiente? ¿Prohibir las cabalgatas de Reyes por exaltación de la monarquía? ¿Desterrar el gorrín asado porque el horno atenta contra el cambio climático? En fin. Vivimos en una época en la que la corrección y el buenismo nos atenaza de tal manera que todos los políticos corren a ver quién regula la cosa más nimia para no ofender a nadie. Yo, por si acaso, voy a desgañitarme estos días destrozando el Jingle Bells con mi inglés de Barbate mientras los míos se relamen con el marisco que prepara mi suegra. Los últimos rebeldes.