Opinión
La incertidumbre de la duda en educación
"La incerteza provoca el crecimiento personal y nos aporta mayor sentido de libertad porque no nos aferramos ni encorsetamos a verdades únicas"

Actualizado el 22/12/2025 a las 08:41
No existen verdades absolutas, es preciso vivir en la duda, en la incertidumbre. Interrogarse es buscar respuestas para resolver o entender un aluvión de información que recibimos sin pararnos a entender o encontrar explicaciones coherentes o formular nuevas hipótesis. Cambiar, adaptarse, confrontar, observar, refutar y dudar no es rendirse; rechazar las verdades absolutas, mediante el ejercicio de la reflexión, conlleva a huir del pensamiento monolítico, dogmático, excluyendo otros modos de entender la realidad, no admitiendo otra verdad, negándose a aceptar el contraste con otras posibles verdades o enfoques. Michel de Montaigne, ya nos advertía: “El mayor enemigo de la verdad no es la mentira, sino la ilusión de saber la verdad”. Quizá, el mayor paso hacia la libertad sea reconocer nuestras propias limitaciones, nuestra propia ignorancia, que, a veces, nos hace muy “atrevidos”. La incerteza provoca el crecimiento personal y nos aporta mayor sentido de libertad porque no nos aferramos ni encorsetamos a verdades únicas, que nos hacen prisioneros en nuestros limitados pensamientos, donde parece medirse y planificar todo, como ocurre con tanta frecuencia en las ideologías políticas y teorías de autoayuda, que tanto pululan en estos momentos, y donde se buscan respuestas a modo de bálsamo milagroso.
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Hoy vivimos obsesionados con el control de tener la razón, de montar todas las argucias en nuestra argumentación, pese a las falacias, sin tomar conciencia de las contradicciones de nuestro discurso o la simplicidad de nuestros argumentos. En nuestro sistema educativo nos han enseñado a tener las respuestas en los libros de texto, aprendiendo ideas y datos sin cuestionamiento alguno; los docentes, pocas veces enseñamos a dudar de aquellos contenidos que exponen los libros; en general, somos simples transmisores de contenidos que hay que retenerlos memorísticamente de cara a un examen, que acredita o no si el alumno es competente en esa materia pero, que la mayoría de la veces, no sirven para transferirlos a la realidad y, en pocos días, se evaporan por no haberlos madurado para transferirlos a las situaciones vitales que vive o vivirá el alumno. Para ello, el buen profesor no ha de ser solo una fuente de conocimiento; ha de ser una persona que sepa transmitir ese conocimiento, y lo más importante, que sepa “ponerlo en tela de juicio”, mediante la duda metódica o el método socrático (también método mayéutico) y lo sepa aplicar frente a las innumerables vías de información que recibe; vivir con dudas no es una debilidad, sino una oportunidad para vivir con menos miedo y evitar ser manipulado. Las ideas que debe aportar un profesor han de ser construcciones inteligibles, frente a las cuales los alumnos las puedan someter a examen o a debate.
Aceptarlas sin más es caer en un adoctrinamiento, que paraliza el ejercicio reflexivo del alumno, lo hace autómata e incapaz de filtrar la información e impide cuestionarse todas las creencias que oye o lee, potenciando, simplemente, su capacidad memorística. Una de las habilidades para potenciar la inteligencia en la Educación es el “debate”, que permite aprender a pensar con orden, a defender sus ideas y a escuchar con atención. Evidentemente, ello representa una práctica guiada para mejorar las ideas y ganar en precisión, máxime en unos tiempos donde la irrupción de la inteligencia artificial va a obligar a los alumnos a apoyarse en unos automatismos. Desde el “debate”, se ha comprobado que los alumnos ganan en pensamiento crítico porque el alumno reconoce los fallos en su pensamiento, ya que es una forma de buscar pruebas para sostener sus ideas y ganar en respuestas rápidas para solucionar problemas. Las reglas para empezar deben consistir: en respeto, turnos claros y centrarse siempre en las ideas, partiendo de temas cercanos, previo a un tiempo de preparación parare unificar las ideas. Un formato, para que funcione, puede ser: presentación, argumentos, réplica y cierre.
Cuando nuestros ilustrados políticos hablan de “reformas educativas” se quedan, por lo general, en aspectos administrativos o aspectos ideológicos; es muy frecuente en nuestro país, en las ocho Leyes educativas, promulgadas durante la Transición, no dar la voz al profesorado, implicados directamente en el cambio profundo que requiere nuestro sistema educativo. Se olvidan nuestros políticos que la figura del maestro es fundamental y las sociedades más desarrolladas tienen en los profesores a sus figuras más relevantes. De poco servirá subir el nivel de su titulación, si el empeño fundamental debe estar dirigido a cambiar la orientación de los postgrados, basándose sólo en una sobrecarga de contenidos, desde clases magistrales o el acceso a fuentes digitalizadas. No es suficiente. Ortega y Gasset, decía a sus colegas profesores: “Siempre que enseñes, enseña también a dudar de lo que enseñes”.
Antonio Sánchez Asín. Doctor en Ciencias de la Educación. Universidad de Barcelona