Opinión
"Uno se teme que las reuniones familiares de Nochebuena y Navidad terminen con fuego graneado de corchos y cabezas de langostinos"

Actualizado el 21/12/2025 a las 13:00
El suegro de un buen amigo participó, como el escritor Ernst Jünger, en las dos guerras mundiales. Preguntado por su yerno cuál fue la peor según su experiencia, no dudaba en señalar a la primera. Antes de fallecer, recordaba que fueron al frente con alegría adolescente, dispuestos a terminar con todos los conflictos, entre flores arrojadas al paso por sus conciudadanos, y que regresaron en pedazos. Uno de los capítulos más conocidos de aquella gran matanza fueron las llamadas “treguas de Navidad”. A lo largo del frente, a uno y otro lado de las trincheras, los soldados acordaron unos días de paz entre el 24 y el 26 de diciembre de 1914. Intercambiaron tabaco, víveres, prisioneros, compañeros muertos en tierra de nadie, cantaron villancicos y jugaron partidos de fútbol sobre el barro helado. Dos años después, terminó el espíritu navideño. Los villancicos fueron sustituidos por gas venenoso. El compadreo fue prohibido, sobre todo tras las tormentas de acero que se desataron en las batallas de Somme y Verdún.
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Uno se teme que las reuniones familiares de Nochebuena y Navidad terminen con fuego graneado de corchos y cabezas de langostinos. El excelente anuncio de Campofrío es la muestra de que la publicidad opta por el humor… o por un ternurismo insufrible. Qué tiempos aquellos de “el calvo de la lotería”, en que un tipo con aspecto de monje tibetano soplaba la magia de la suerte a los desconocidos. El aura mágica ha sido sustituida por el costumbrismo de bajo vuelo de los encuentros –ay, ese abuelo a punto del ictus que aúpa a su nieta-, o la autoparodia a propósito de la “polarización”. Puesto a elegir, uno prefiere el humor a la sensiblería, aunque de todos modos el propósito de la publicidad sea venderte un turrón, un chorizo o una participación en el bombo. Al contrario que aquellos soldados alemanes y aliados, mejor será que la pelota de fútbol no ruede sobre las migas de la sobremesa. Especialmente, si tienes un cuñado culé.