Opinión
"Es el máximo bienestar el que disuade de tener niños, como si solo en épocas de guerras y privaciones, que paradoja, el ser humano fuera capaz de apostar por seguir en el mundo"
"Hace poco, en la playa, vi una pareja con un niño en un carrito rodeado de amigos y familiares que le hacían carantoñas y lo miraban como si fuese la Mona Lisa"

Actualizado el 22/12/2025 a las 08:41
Dicen que la Navidad celebra el nacimiento del niño Dios, un auténtico milagro difícil de creer hoy en día, por lo que quizás, para ir a tono con el severo laicismo que convierte la Navidad en la llegada del año nuevo, con sus iluminaciones, sonrisas y dispendios, tal vez bastaría con celebrar el nacimiento del niño, sin más añadidos, como el auténtico milagro, no en vano tener un niño nunca ha sido algo tan a contracorriente, tan exótico, como si fuera ya incomprensible enredarse en algo así cuando hay tantas satisfacciones y tantos planes al alcance de la mano.
Es el máximo bienestar el que disuade de tener niños, como si solo en épocas de guerras y privaciones, que paradoja, el ser humano fuera capaz de apostar por seguir en el mundo. No tener niños es un síntoma inquietante. Un bastarse a uno mismo. En ese documento estratégico que ha sacado la administración de Trump quien, pese a que se trata de un sujeto que nos tiene acostumbrados a bravatas y desatinos, a veces cuela una verdad incómoda, dice que en Europa no tenemos futuro, que vamos a la extinción, y señala el exceso de burocracia y regulación que mata la iniciativa, y la baja natalidad, que no es sino decadencia y miedo a la vida.
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También cita a la inmigración excesiva, la otra cara de la moneda y basta mirar alrededor para ver que es el asunto que va a inclinar la balanza en el futuro y crear los peores conflictos. A menudo me sorprendo al ver tanta gente con su perro de aquí para allá, chuchos con sus abriguitos, moviendo la cola, jadeantes, mientras los dueños recogen sus detritus, y los tratan con ternura, como si fueran auténticos bebés, mientras los bebés auténticos no aparecen por ningún lado. Hace poco, en la playa, vi una pareja con un niño en un carrito rodeado de amigos y familiares que le hacían carantoñas y lo miraban como si fuese la Mona Lisa. Los vi perderse a lo lejos, el carrito con sus admiradores apiñados detrás, como los pastores que acudieron al portal a adorar al niño, o los sorprendidos magos que traían regalos, rendidos ante el rey del mundo.