Opinión

La memoria como vacuna ética

"Tanto las víctimas del terrorismo como las del Holocausto vieron su vida truncada. Pudo haber sido cualquiera de nosotros"

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Fernando García

Actualizado el 18/12/2025 a las 23:35

A finales de octubre, un acto convocado por Vito Quiles en Pamplona provocó una concentración de jóvenes de la izquierda abertzale que actuaron con extrema violencia. Las imágenes que pudimos ver en las redes sociales nos recordaron los años más duros de la kale borroka, que todos creíamos felizmente desterrada. El 1 de diciembre se desarticuló en Castellón la primera célula de la organización terrorista neonazi The Base activa en España. Su objetivo declarado es la creación de “etnoestados blancos” mediante acciones violentas que desestabilicen gobiernos democráticos. Estos hechos ponen de relieve algo que se viene observando con preocupación desde hace algún tiempo: la polarización ideológica que se está produciendo en algunos sectores de la juventud, cuyas causas son seguramente muy variadas. Por eso, creo que, en un mundo que a menudo se apresura a olvidar, la memoria de los horrores pasados se vuelve una necesidad ineludible, especialmente para las jóvenes generaciones. 

La visita a los lugares que condensan el dolor más profundo de la humanidad no es solo un acto cultural o histórico; es una vacuna ética contra la repetición de la barbarie. Nos recuerdan las atrocidades que el ser humano ha cometido contra el ser humano. En diciembre de 2024, tuve ocasión de visitar el complejo de Auschwitz-Birkenau. Ante la inmensidad del horror que allí se vivió, la imagen de la lápida con la famosa frase atribuida a George Santayana fue como una bofetada: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Cuando las tropas soviéticas liberaron el campo el 27 de enero de 1945, se encontraron con apenas unos pocos miles de supervivientes. 

El oficial Anatoly Shapiro, el primero en acceder, declaró que “había tal hedor que era imposible estar ahí por más de cinco minutos”. Se estima que más de un millón de personas, en su mayoría judíos, fueron exterminadas en este complejo. El testimonio mudo de aquellos barracones nos recuerda la facilidad con la que la civilización puede descender a la inhumanidad. Hace unos pocos días, la visita al Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, ubicado en Vitoria-Gasteiz, me causó también un gran impacto. Se trata de un espacio fundamental para resaltar los valores democráticos y éticos que encarnan las víctimas del terrorismo en España. Se construye sobre cuatro grandes principios: verdad para contar con el máximo rigor la historia del terrorismo en nuestro país; memoria para asegurar que la injusticia de la violencia de intencionalidad política permanezca en la conciencia colectiva; dignidad para poner en valor lo que nunca perdieron las víctimas, a pesar de los esfuerzos de los terroristas por estigmatizarlas, deshumanizarlas o utilizarlas para conseguir fines políticos; por último, justicia para depurar las responsabilidades de quienes han cometido crímenes terroristas. 

El paralelismo entre ambas realidades me parece muy pertinente porque comparten el mismo principio: el fin justifica los medios sangrientos. La raíz es la misma: la negación de la vida del otro por una supuesta ideología. Pero como defendió el humanista Sebastián Castellion ya en el siglo XVI, “matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre”. Como sociedad, tenemos la responsabilidad de asegurar que estos hechos no caigan en el olvido, especialmente ahora que los testigos directos de Auschwitz y de los años más duros del terrorismo en España son cada vez menos. Tanto las víctimas del terrorismo como las del Holocausto vieron su vida truncada. Pudo haber sido cualquiera de nosotros. Por eso, ante la polarización que amenaza nuestra convivencia, las palabras de Primo Levi (superviviente de Auschwitz) resuenan con una renovada urgencia: “pensar en lo que pasó es deber de todos”. Estos lugares no son solo museos; son altares de la memoria. Su visita invita a la reflexión mediante tres preguntas fundamentales: ¿cómo pudo ocurrir?, ¿qué habría hecho yo en esas circunstancias? y ¿qué puedo hacer para que no se repita? Su visita (obligada) es la mejor vacuna que la democracia puede ofrecer a los ciudadanos, especialmente a los más jóvenes, para prevenir el olvido y, por tanto, la repetición de aquellos hechos. 

Fernando García Fernández es profesor, conferenciante y escritor.

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