Una mirada cristiana tras la cumbre por el clima

Actualizado el 17/12/2025 a las 10:41
La Cumbre de Naciones Unidas para el Clima (COP30) se ha celebrado en noviembre de 2025 en Belem (Amazonia brasileña). En las negociaciones de los últimos días no se ha conseguido ni siquiera incluir explícitamente el término “abandono de los combustibles fósiles” (demostrados ampliamente por la ciencia como los causantes directos del calentamiento global por la liberación de CO2 en su consumo). Así que se ha avanzado, a nivel de gobiernos, realmente poco: los retardistas siguen ganando tiempo a costa de un daño general enorme. Se dan pasitos adelante cuando lo que se necesita son decisiones vinculantes e inmediatas. Ya partíamos de que estaban ausentes grandes actores y responsables del desaguisado como USA, Rusia, China o Irán y que los países llegaban con la tarea hecha a medias (tener planes nacionales concretos que permitan cumplir para 2030 el objetivo del Acuerdo de París, de 2015, de no sobrepasar el calentamiento atmosférico medio en 1,5 ºC). La crisis climática es una de las nueve urgencias (heridas al planeta causadas por el ser humano), de los nueve puntos de no retorno que no debemos cruzar como especie. Es quizás la más urgente en afrontar porque las medidas tardarán mucho en hacer efecto. Para evitar el iceberg el Titanic tenía que haber virado mucho antes ¿verdad? Las reflexiones que nos deja este fallido evento, no obstante, son varias y algunas positivas:
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Cada vez somos más los que le damos la vuelta a la decepción, vemos cómo las decisiones globales están en manos de poderosos intereses económicos y no en los Estados (ver a qué queda relegada hoy la ONU) pero no nos resignamos a aceptar esa injusticia. Aparece un nuevo multilateralismo que no busca ya el consenso sino avanzar: No podemos seguir todos hipotecando el clima planetario a los propietarios de los combustibles fósiles (reconociendo eso sí, que nos hemos hecho sociedades adictas al petróleo), que dominan las decisiones de tantos gobiernos (había 1.500 lobbistas en Belem presionándolos). Ha surgido un llamamiento mundial en favor de un “Tratado de No Proliferación de Combustibles Fósiles” que agrupa ya a unos 80 países: estemos atentos a su encuentro en abril de 2026 en Santa Marta (Colombia), es una luz en el túnel…
Los organismos populares y las organizaciones ambientalistas no abandonan las cumbres, muy erosivas para el ánimo, y hacen una presión in situ necesaria. Tienen mucho mérito. Y buscan cada vez más formar amplias redes que unan fuerzas sociales, usando también las cosmovisiones indígenas (con nuevas expresiones del conocido Ubuntu africano).
La Iglesia ha estado muy presente, “hasta 9 cardenales y 60 obispos” estuvieron en persona. Hubo un gran seguimiento global diario y potentes declaraciones previas. También se sumó en un video-comunicado a mitad de la Cumbre el papa León XIV. Hasta la ONU reconoció la importante incidencia política de la Iglesia Católica en la Cumbre y de otros grupos religiosos, en general.
Hay conceptos importantes que debemos los católicos manejar, especialmente el de Justicia Climática, relacionado con los causantes y las víctimas de la crisis. Hay una deuda ecológica y moral a resarcir. Existen ya Estudios de Atribución (qué países y corporaciones han creado la situación y en qué medida) para poder reclamar, incluso judicialmente, los daños sufridos por las víctimas.
Por desgracia, aún la financiación para la transición energética justa es insuficiente: ayudar a soportar los daños del clima desequilibrado a los países que ya los sufren y ayudar a que las soluciones de las energías renovables no vuelvan a producir injusticias (atentos a la minería de litio y tierras raras).
¿Y nosotros? Como ciudadanos podemos dar ya pasos personales en la transición energética (como consumidores de energía renovable y no fósil) y podemos dar pasos políticos (pedir programas electorales concretos y eficaces, exigir iniciativas de descarbonización locales, denunciar los incumplimientos gubernamentales, etc…).
Como creyentes, podemos conocer y apoyar lo que los grupos cristianos de ecología integral ya hacen y los posicionamientos fuertes eclesiales que ya se han emitido; trabajar en red con las demás organizaciones socio ambientales; aportar lecturas y horizontes de esperanza a muchos combatientes por el clima que ven tristes el futuro; apoyar a los pueblos indígenas y acoger a refugiados climáticos; combatir los bulos y denunciar proféticamente a quien retarde las respuestas a esta crisis (que agrede a la Casa Común y a los pobres), de palabra o por omisión; estar bien informados y conocer mejor la Doctrina Social de la Iglesia.
Ojalá que en 2026 asumamos como compromiso ético esta conversión necesaria, que los católicos vivimos también espiritualmente, como parte de nuestra fe: hay mucho que cambiar y algunos quieren que no hagas nada… y menos que metamos a Dios en todo este lío. Ánimo.
Pedro José Jiménez Sarasa. Presbítero y biólogo, Delegado de Ecología Integral de la Diócesis de Pamplona y Tudela