Opinión

"Por aquel entonces algo podrido apareció en el socialismo del sur de Europa, mostrando que la izquierda no era para nada inmune a la corrupción"

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Pedro Charro

Actualizado el 15/12/2025 a las 08:24

El 30 de abril de 1993, el primer ministro socialista italiano Bettino Craxi, fue recibido por un grupo de personas que le llamaron ladrón y le lanzaron monedas a la salida de su residencia romana, junto a la plaza Navona. Lo que parecía entonces una algarada más, acabó siendo el final de un político hábil que, pese a tener apenas el 15% de los votos, había conseguido forjar alianzas para llevar a los socialistas al poder y mantenerse en él por un largo tiempo, una estabilidad desconocida en Italia. 

El día anterior a salir escoltado, la Cámara de diputados había negado la facultad para que Craxi fuera juzgado por corrupción, pese a que él mismo había reconocido la financiación ilegal, alegando que era un asunto que debía resolver la política, no los jueces. 

Por aquel entonces algo podrido apareció en el socialismo del sur de Europa, mostrando que la izquierda no era para nada inmune a la corrupción, y que también afectaría a España, donde el felipismo acabaría cayendo tras una cadena de escándalos. 

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Craxi fue finalmente encausado, gracias la labor de fiscales de verdad, como De Pietro y de un decidido grupo de jueces que, bajo el nombre de Mani pulite, no se amedrentaron y sacaron a luz un entramado de pagos y sobornos a políticos por concesiones de obras públicas. Era la llamada Tangentópolis, la parte oscura y criminal de la política, que contaminó no solo a los socialistas, sino a gran parte de la clase política, incluida la Democracia Cristiana, aquejada de graves escándalos tras haberse mantenido durante décadas en el poder. 

Craxi huiría de Italia para evitar ser juzgado y terminaría muriendo en Túnez de un ataque al corazón. El sistema de partidos que había tenido Italia desde la guerra se vino abajo. El partido socialista desapareció, pero tampoco el antiguo partido comunista, el mayor de Europa, logró sustituirle, fuera de juego tras la caída del muro. Lo que vino fue el hundimiento de un sistema podrido, el desencanto ante la política y el vendaval populista, el tiempo de Berlusconi y compañía, el final de una era.

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