"No me interesa la política", una frase que habría que repensar

Publicado el 14/12/2025 a las 05:00
Hay frases que se nos quedan grabadas en la memoria por distintas razones. Recuerdo que, siendo joven, me llamó mucho la atención una que después he escuchado frecuentemente: “No me interesa la política”. En los últimos tiempos la he oído muy a menudo, dicha con convicción o con hastío, como quien quiere apartar de sí algo molesto. Pero siempre despierta en mí la misma pregunta. ¿Cómo no nos va a interesar la política, si en ella se deciden tantas de las cosas que determinan nuestra vida cotidiana? La política, entendida en su sentido más amplio como el arte de organizar la convivencia y decidir juntos cómo queremos vivir, está presente en todos los aspectos de nuestras vidas. En la educación que reciben nuestros hijos, en el precio de la energía, la calidad del transporte público, los derechos que disfrutamos o perdemos. Desentendernos de ella no la hace desaparecer ni la mejora; simplemente dejamos el espacio libre para que otros decidan por nosotros.
Entiendo, sin embargo, las razones de quienes pronuncian esa frase con cierta resignación. Porque se refieren a una forma de hacer y entender la política. El problema es que vivimos un tiempo en el que la política parece haber perdido su vocación de servicio público. Así se percibe entre la gente. Demasiadas veces vemos la política convertida en trinchera, en espectáculo o en campo de batalla de bandos enfrentados. Basta con fijarse en casi cualquier debate parlamentario. O escuchar noticias que hablan más de casos de corrupción, bloqueos o descalificaciones que de acuerdos, soluciones o proyectos colectivos. No es extraño, por tanto, que muchos ciudadanos sientan desencanto o desconfianza ante lo que ven.
Esto no es una mera percepción personal. Los datos confirman el relato. Por ejemplo, y según el Pew Research Center, más del 60 % de los estadounidenses declara sentirse “cansado o frustrado” al pensar en la política, y un 22 % afirma que “nada bueno” sale del sistema político actual. En Europa, la confianza en los partidos políticos ronda el 12 % según el Eurobarómetro, y en España la abstención en las últimas elecciones generales superó el 30 %. El desencanto, especialmente entre los jóvenes, es un fenómeno global. Así, encuestas y estudios de diferentes organizaciones advierten de un creciente distanciamiento entre las nuevas generaciones y las instituciones democráticas.
La consecuencia del desánimo es preocupante. Cuando los ciudadanos renuncian a participar, ya sea votando, debatiendo o implicándose en sus comunidades, el sistema democrático se empobrece. Las decisiones quedan en manos de minorías más activas o de intereses particulares, y la política se aleja aún más del bien común. En cierto modo, hacemos dejación de funciones y, después, nos quejamos del resultado. Y eso tiene efectos reales, porque terminaremos con menos control sobre los gobernantes, menor pluralidad en la representación y un espacio público dominado por los extremos o por el ruido. La indiferencia, aunque parezca inofensiva, acaba contribuyendo al deterioro institucional.
No se trata de que todos debamos dedicarnos a la política profesional, sino de recuperar una actitud cívica activa. La de informarse, debatir con respeto, exigir transparencia, participar en asociaciones, implicarse en los espacios donde se toman decisiones que nos afectan. La política no es solo de los políticos y sus partidos. Pertenece, sobre todo, a los ciudadanos y a una sociedad civil activa. Y esa implicación no empieza en las urnas, sino en la vida cotidiana: en la escuela, en los barrios, en los lugares de trabajo, en los foros de debate donde se gestan las ideas. Recuperar la conversación pública, aprender a escuchar y a disentir sin despreciar, son también actos políticos en el mejor sentido de la palabra.
La apatía no puede ser la respuesta al desencanto. Necesitamos reconstruir la confianza desde la educación, la transparencia y el ejemplo. Enseñar desde pequeños que la política no es un espectáculo de enfrentamientos, sino una herramienta para mejorar la vida colectiva. Promover la rendición de cuentas, los espacios de diálogo y las formas de participación directa. Sin pensamiento crítico, sin información contrastada y sin una ciudadanía vigilante, la democracia se vuelve frágil y vulnerable ante el populismo o la manipulación.
Frente a la crispación y el, por desgracia, célebre “fango”, deberíamos reivindicar la política como lo que realmente es, no una excusa permanente para el enfrentamiento, sino un ejercicio de responsabilidad compartida. Cuando la política se degrada, la culpa no es solo de quienes la practican, sino también de quienes se apartan y callan.
Quizá no podamos cambiar de inmediato la forma en que se hace política, pero sí podemos cambiar nuestra relación con ella. Dejar de decir “no me interesa la política” y empezar a decir “quiero que la política sea mejor y contribuir a ello”. Para lograrlo, es necesario cierto compromiso con los temas que nos afectan como sociedad, a partir de un genuino interés por conocer y desarrollar, a la vez, un espíritu crítico constructivo. La participación informada, incluso en pequeñas acciones, es la base de una ciudadanía madura.
La historia muestra que las democracias no mueren solo por ataques externos, sino también por la indiferencia de quienes dejan de creer en ellas. La desafección es el preludio de la pérdida de derechos, retroceso social y dominio del ruido sobre la razón. Por eso, hoy más que nunca, necesitamos ciudadanos atentos, comprometidos y exigentes. Porque la democracia, al fin y al cabo, no es un espectáculo para espectadores, sino una responsabilidad compartida.
María Jesús Valdemoros Erro. Lecturer en IESE Business School