"Es verdad que estar polarizados nos vuelve idiotas y nos mantiene en permanente estado de cabreo, pero todo tiene su precio"

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José María Romera

Actualizado el 12/12/2025 a las 23:05

Si hacemos caso a encuestas, tertulias y artículos de opinión, convendremos que la polarización es uno de los peores males de nuestra sociedad. Una especie de virus de origen desconocido cuyos efectos alcanzan a gentes de toda clase y condición, y que amenaza con minar las bases de la convivencia. 

Esta clase de lamentos se pronuncia con dolor y lástima, como se hace ante los desastres naturales. Ahora bien, si hablamos en confianza con un dirigente político cualquiera, nos confesará que la polarización tiene su lado bueno, que es un excelente recurso para movilizar a la ciudadanía, y que le encanta ver cómo aumentan sus seguidores cuantos más puentes hace volar por los aires con sus declaraciones.

Nos confesará asimismo que polarizar le evita el esfuerzo de explicar las cosas con razones, y que a efectos prácticos es mucho más cómodo jugar con identidades que con personas. 

Si preguntamos a un sociólogo, nos dirá que polarizar es una forma de ahorrar energía cognitiva en un mundo complejo e indescifrable, un mecanismo que responde a la tendencia natural de la gente a agruparse para a continuación tomarla con los grupos vecinos. En este punto tal vez coincida con la opinión del psicólogo. Para este, la polarización es gratificante porque satisface nuestras necesidades de pertenencia, y nos hace sentir partícipes de nobles causas tales como la entrega ciega a unos colores o la aniquilación del adversario. 

El economista, por su parte, nos hará ver las posibilidades de inversión que ofrecen los negocios sustentados en la polarización, un producto sin apenas costes de fábrica, de demanda creciente en el mercado de la atención y con venta garantizada. Para el neurocientífico, polarizar promueve la liberación de dopamina, o, lo que es lo mismo, causa placer, porque nuestro cerebro está programado para las respuestas rápidas e instintivas. 

Y si el filósofo recuerda que al polarizar damos sentido a una realidad que se nos antoja desconcertante por medio de relatos coherentes, el programador de televisión añadirá que esos relatos de buenos y malos hacen subir las audiencias. De modo que todo son ventajas, se mire por donde se mire. Es verdad que estar polarizados nos vuelve idiotas y nos mantiene en permanente estado de cabreo, pero todo tiene su precio.

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