Nuestra generación D, de Democracia
"Cuando figuras de medio pelo, con poca representatividad pero mucho altavoz, desprecian la Transición con el epigrama del ‘régimen del 78’, nos impugnan como ciudadanos libres"

Actualizado el 08/12/2025 a las 11:20
En una época donde todas las generaciones, por décadas, son denominadas por letras o símbolos: generación Z, Y, X, Milenials… creo de justicia que a nuestra generación se le denomine la Generación D, de Democracia. Somos los nacidos en la década de los años 50 del siglo pasado y tenemos una particularidad irrepetible: vimos morir a Franco, fuimos los más jóvenes votando la Constitución y hemos desarrollado toda nuestra vida personal, familiar y laboral a lo largo de estos 50 años. Es decir, somos el primer grupo de españoles y españolas cuya vida ‘consciente’ se ha desarrollado íntegramente en este medio siglo democrático. Hemos visto que a lo largo de esos días se han publicado en todos los medios de comunicación interesantes entrevistas de personas muy relevantes que, en buena medida y por edad, fueron los promotores de esa etapa de cambio de una dictadura a un régimen plenamente democrático. Nunca se les agradecerá bastante. A partir de 1975, todos los actores políticos no franquistas que habían estado ‘dormidos’, por no decir agazapados, se fueron movilizando para capitalizar el post-franquismo. Nuestra generación vivió con expectación el primer gran debate estructural entre aquellos que propugnaban la ‘Reforma’ y los que planteaban la ‘Ruptura’. Los primeros, los que afortunadamente se llevaron el gato al agua, optaban por un cambio pacífico, ordenado, de la ley a la ley, y que tuviese un amplio respaldo entre la población. Los segundos buscaban la confrontación, hacer tabla rasa y, realmente, no se sabe bien qué hacer después.
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El triunfo político y pragmático de los reformistas, con la asunción de sus tesis por parte del PSOE y, finalmente, por el PCE, condujo, bajo la inigualable habilidad política de Adolfo Suárez, a lo que fue la Transición. La Transición, ahora vilipendiada por personajes tóxicos, fue un momento estelar en la historia contemporánea de España. Para su evaluación tan solo hay que hacer el ejercicio de imaginar qué hubiese sido de nuestro país si se hubiese optado en 1976 por la Ruptura, la revancha y el vuelco. Un nuevo desastre nacional. Ahora, de la mano de generación política contemporánea, ha aflorado el dogma de que la Transición no fue perfecta. Paparruchas. Nada humano es perfecto y menos cuando quieres cambiar, en tan solo dos años, la historia de una nación atormentada. Fue tan abrumador el éxito de la Transición que lo que quedó por hacer, por ejemplo, la necesaria y honrosa restauración de las víctimas de la Guerra Civil y la ahora mal llamada Memoria Democrática, bien se podía haber hecho mucho mejor de lo que se ha hecho posteriormente. Buscando el consenso, uniendo los afectos mutuos, respetando y no dividiendo ni monopolizando. Tiempo ha habido. Eso sí que ha sido imperfecto.
El profesor Diego López Garrido, miembro histórico del PSOE con antecedentes comunistas, ha escrito que los cinco pilares que trajeron la democracia a España fueron: las movilizaciones desde la izquierda; Europa; Adolfo Suárez (y la modulación del centro-derecha); los nuevos medios de comunicación; y el rey Juan Carlos. Totalmente de acuerdo, pero estos análisis siempre caen en el olvido de que el factor fundamental de la Transición a la Democracia fuimos nosotros, los ciudadanos. Los españoles y españolas de aquella época que queríamos, aunque quizá sin saberlo en toda su extensión, Democracia y Libertad. Y si hubo siete grandes ‘padres’ de la Constitución, la verdadera ‘madre’ que alumbró la Democracia fue el pueblo español. Pueblo español en el que reside la soberanía nacional y del que emanan todos los poderes del Estado, según reza el artículo 1º de nuestra carta magna. Una Constitución para un nuevo régimen político en el país que, no hay que olvidar, nos dimos libremente a nosotros mismos. Constitución que aprobamos en referéndum de forma abrumadora.
Por ello, cuando figuras de medio pelo, con poca representatividad pero mucho altavoz, desprecian la Transición con el epigrama del ‘régimen del 78’, nos impugnan como ciudadanos libres. Por añadidura, en estos días ha aflorado peligrosamente otro mantra que asegura que la Democracia española está manipulada y dirigida por oscuros grupos empresariales, mediáticos y judiciales, que la quieren “tutelar”. Y nos dice el presidente del Gobierno que él se encargará de defenderla. Paparruchas de nuevo. A ver si va a ser que a cada uno de nosotros nos manipulan empresas, medios y jueces. Lo verdaderamente importante, ahora y siempre, es utilizar el régimen democrático y parlamentario para mejorar la vida de la gente, y no para prosperar o para llevar a cabo políticas mesiánicas; esas sí que son verdaderamente peligrosas. Como ha escrito en estas páginas la profesora Mª Jesús Valdemoros, lo único cierto en estos momentos es que el mundo y nuestras vidas serán diferentes en el futuro. Nuestra generación D está ya de salida, pero todas las demás generaciones, con todas sus denominaciones, tienen el derecho de que los poderes públicos pavimenten el camino para que los españoles (y navarros) de hoy puedan crecer y, también, aportar lo máximo posible al bien común. La clase política solo tiene una obligación: atender los verdaderos problemas de los ciudadanos, y que ellos sean los protagonistas y beneficiarios del desarrollo nacional en las próximas décadas. Como lo hemos sido nosotros en estos 50 años.
Álvaro Miranda Simavilla. Ingeniero de Caminos.