"Todas las memorias son lavados de imagen. La diferencia entre unas y otras reside en la dosis de jabón aplicada al empeño"
"A nadie se le oculta que a estas alturas la imagen del emérito anda lo bastante desaseada como para resistir a un lavado de proporciones digamos normales"

Publicado el 06/12/2025 a las 05:00
En una entrevista concedida a una cadena francesa con motivo de la publicación de sus memorias, el viejo monarca afirmó que la Constitución española “se llama Constitución del rey Juan Carlos”. Después añadió, como para subrayar la importancia del caso, que es “la única constitución de Europa con nombre”. Aprendan los escritores que presentan sus novedades. Una buena trola, incluso dicha en francés, atrae más lectores que una crítica elogiosa. Claro que los historiadores no opinarán lo mismo después de esta enmienda a todos los estudios sobre la Transición. Tomémoslo como una licencia de autor primerizo embriagado por el entusiasmo de ver su libro en los escaparates. Ya hemos podido leer algunas impresiones del libro firmadas por voces autorizadas. La mayoría incurre en el mismo error de perspectiva: el de haber leído estas memorias con la lupa de la fidelidad a los hechos históricos, cuando ya se sabe que las memorias (y, por extensión, el resto de subgéneros de la floreciente 'literatura del yo', desde los dietarios hasta las confidencias íntimas) obedecen a un imperativo superior: el de servir al afán de los sujetos de embellecer su retrato. Todas las memorias son lavados de imagen. La diferencia entre unas y otras reside en la dosis de jabón aplicada al empeño.
A nadie se le oculta que a estas alturas la imagen del emérito anda lo bastante desaseada como para resistir a un lavado de proporciones digamos normales. Puede que un libro de memorias no haya sido buena idea, al menos en este país donde, como dijo Azaña, la mejor forma de guardar un secreto es escribir un libro. En un vídeo promocional dirigido “a los jóvenes españoles”, el emérito ha declarado que escribirlo ha sido para él un esfuerzo. Se nota; eso es todo lo que uno se atreve a decir tras unas decenas de páginas de lectura no menos esforzada. El texto va del autobombo al victimismo, de la verdad histórica a la fantasía y del sentimentalismo nostálgico a la reivindicación airada, pasando de largo por algunos episodios conocidos que exigirían al menos una petición de disculpa. Uno diría que suena como una parodia, más larga y desinhibida, de aquellos discursos de Nochebuena que dejaban de tener interés en cuanto aparecían las palabras “orgullo” y “satisfacción”.