La medalla de oro a un navarro universal

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Eduardo Torres Lusarreta 

Publicado el 03/12/2025 a las 05:00

El Gobierno de Navarra ha concedido la Medalla de Oro de la Comunidad Foral, a título póstumo, a mi padre, Manuel Torres Martínez. Es un reconocimiento que honra a toda la gran familia de MTorres, precisamente en el año en que celebramos el 50º aniversario de la fundación de su empresa en Torres de Elorz. A todas las navarras y navarros, nuestro agradecimiento más sincero. Y permítanme, especialmente pensando en quienes no llegaron a conocerlo, compartir algunas claves del pensamiento y de la obra de este hombre singular. 

Mi padre nació en Aljucer (Murcia) en el año 1938. Con su titulación de Formación Profesional en Mecánica, emigró muy joven a Navarra para trabajar en Papelera. En 1973 empezó a volcar su ingenio creativo en la automatización del sector del papel y cartón y, para dar forma a sus ideas, fundó MTorres en 1975, año del inicio de la democracia en España. Con ese paso, sin saberlo aún, se convirtió en pionero de la llamada Tercera Revolución Industrial que entonces comenzaba a nivel mundial. Durante los años 80, la empresa se consolidó como referente en automatización industrial de procesos en su sector. En los 90 dio un salto decisivo al aplicar su conocimiento a la fabricación de componentes aeronáuticos. Y, a partir del año 2000, MTorres se expandió globalmente con centros técnicos y comerciales en Brasil y Alemania, y una planta en Seattle (EE.UU.).

La grandeza de Manuel Torres no residía solo en su talento técnico, sino en su propósito y en su profundo humanismo. Perteneció a una estirpe singular que tuvo una cierta proliferación en la España de la posguerra, la de los grandes autodidactas. Eran personas que lograron superar su falta de acceso a la universidad por condicionamientos económicos familiares, a base de curiosidad inagotable, pasión, constancia e intuición técnica. Dotado de una capacidad viso-espacial extraordinaria, enfocó siempre su empeño en explorar lo que él llamaba «la frontera del conocimiento»: los límites de la ingeniería que se aplicaba en su tiempo. Para avanzar más allá de esa frontera, durante sus cincuenta años de actividad contó en su empresa con más de mil profesionales: ingenieros de todas las ramas, además de físicos, químicos y la colaboración de prestigiosos investigadores universitarios europeos y americanos.

A lo largo de su vida, lamentó la escasa vocación por la ingeniería en España y trabajó para promoverla colaborando con instituciones, universidades y administraciones públicas. Una de sus ideas más queridas fue reivindicar LEGO como símbolo del poder del juego y de la acción para despertar vocaciones y crear competencias técnicas. Hoy, recuerdo aquí aquel mensaje que repetía con insistencia: «Necesitamos más ingenieros». Obama también defendía que si EE.UU. quería ser un país fuerte, próspero y justo, necesitaba más personas que supieran resolver problemas reales: más y mejores ingenieros. La ONU y la UNESCO insisten en lo mismo: sin suficientes ingenieros no habrá desarrollosostenible, ni transición energética, ni innovación capaz de mejorar nuestra vida y proteger el planeta.

Este homenaje es, por eso, también una invitación a las nuevas generaciones navarras: abrazad la ingeniería. En vuestras manos está que la tecnología siga siendo una fuerza al servicio del progreso humano.

Los frutos de su obra son múltiples y cercanos, aunque muchos que conocían sus éxitos empresariales los ignoraban. El propósito de la empresa de Manuel Torres siempre ha sido el mismo: ingeniar cosas que contribuyan a que la gente trabaje mejor y tenga una mayor calidad de vida. Hoy es muy poco probable que cualquier lector viaje en un avión o abra un Tetrabrik que no haya sido fabricado con maquinaria o utillaje de MTorres. Su tecnología se ha aplicado a desaladoras, aerogeneradores, e incluso, al diseño de la célebre bicicleta de Indurain —la Espada—. Sus máquinas llevan años introduciendo la fibra de carbono en diversos componentes que antes se fabricaban exclusivamente con metales, más pesados, como alas y fuselajes de avión.

Todo ello guiado por el mejor algoritmo de Manuel Torres: su visión de que la tecnología sirviera para que las personas podamos tener una vida buena. Ese fue su norte y su obsesión: poner el talento humano, el conocimiento científico y la ingeniería al servicio de la sociedad. En sus palabras, «devolver a la sociedad al menos una parte de lo que ella me ha dado».

Ese es el legado que hoy reconoce Navarra con su máxima distinción y que se une a los numerosos premios y reconocimientos que Manuel Torres recibió en vida, todos ellos consecuencia directa de un talento cultivado con una ética del trabajo poco frecuente. Y quienes tuvimos la fortuna de acompañarle sabemos que este homenaje no es solo un recuerdo: es una semilla. Que crezca en forma de vocaciones, de innovación, y de una Navarra que siga mirando al futuro con audacia, como él lo hizo siempre.

Eduardo Torres Lusarreta es hijo de Manuel Torres.

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