¿A qué se dedica el Gobierno?

Publicado el 01/12/2025 a las 05:00
¿Ha oído hablar alguna vez, apreciado lector, de Yu Dan? Tampoco yo, hasta hace un par de semanas. La descubrí en una de mis lecturas sobre ese inmenso y desconocido país que es China. Es una profesora de Periodismo que hace unos años, por medio de sus escritos, logró ser el segundo autor mejor pagado de su país. Escribió, por ejemplo, lo siguiente: “Para valorar la verdadera fuerza y prosperidad de un país, no puedes fijarte simplemente en el PIB (Producto Interior Bruto), y no mirar la experiencia interior de cada persona corriente: ¿Se siente segura?, ¿es feliz?”. Estas preguntas y otras similares responden a lo que más desea la esencia del ser humano y todos nos las hacemos en nuestro interior, aunque no las sepamos formular con la sencillez y contundencia con que lo hace Yu Dan. Todo parece indicar que no vamos precisamente por la vía limpia y expedita que señala Yu Dan, porque esas dos preguntas tan elementales encontrarían una respuesta negativa para muchas personas en nuestro país. ¿Qué ha sucedido para que esto sea así? ¿Cuáles son los parámetros que se deben cumplir para que una mayoría razonable de un país se sienta feliz incluso aquellos que, en su derecho, se muestran claramente contrarios a su respectivo gobierno?
Existen informes internacionales que cualifican a los países nórdicos como Dinamarca, Noruega, Suecia, Países Bajos, Suiza, etc... cuyos habitantes son los más felices. Y lo son porque sus respectivos gobiernos cumplen las razonables expectativas que sus ciudadanos tienen sobre su vida presente y futura. Una de ellas y, sin duda, de las más importantes es la que se refiere a la educación y la sanidad públicas: educación gratuita desde la infancia hasta la universidad, buena atención médica, prevención de enfermedades mentales, instituciones estables, muy baja corrupción, servicios públicos eficientes, transparencia en la comunicación Estado-ciudadanos, medidas tendentes a reducir la desigualdad económica, estilos de vida saludables, impulso de la justicia y la vivienda social con el programa Housing First (Primero la Vivienda), etc. En definitiva, invierten no solo en crecimiento económico (algo necesario para satisfacer las necesidades expuestas), sino en bienestar integral. Gobernando para todos, sin excluir a los oponentes, dejando a un lado los sectarismos de partido, viviendo las reglas de una democracia dinámica que enriquece a todos y no deja a nadie en la cuneta y, por encima de todo, con unos principios que se basan en la convivencia pacífica y que nadie osa traspasar sin que tenga consecuencias significativas.
Cuando se analizan cuántas de estas manifestaciones de un país equilibrado se aplican por nuestro actual gobierno, suenan todas las alarmas. El reciente informe FOESSA, que Caritas Española presentaba hace unos días, es sencillamente demoledor. La engañosa “bonanza económica” que el gobierno esgrime como su principal baza convive con una de las tasas de desigualdad más altas de Europa: 4,3 millones de personas viven en situación de exclusión severa, de los que el 30% son menores de edad. La precariedad laboral afecta a cerca de la mitad (47,5%) de la población activa. La juventud accede a su primer empleo en peores condiciones y con salarios entre un 15% y un 30% inferiores a las generaciones anteriores. “Es una crisis de sociedad que nos hipoteca a todos”, señala su secretario técnico.
Pero hay más: se señalan el empleo y la vivienda como principales motores de la exclusión social. Su gravedad queda expuesta cuando se afirma que uno de cada cuatro hogares en España sufre rasgos de “exclusión residencial”. El mercado laboral está gravemente afectado por la precariedad y la rotación. ¿Qué decir de la atención sanitaria, de la que tanto nos hemos enorgullecido en tiempos pasados? Sencillamente hace aguas y la mitad de los españoles no se fían del Sistema Nacional de Salud (Diario Médico, octubre 2025). Ahora mismo hay catorce millones de personas que tienen un seguro privado. ¿Cuántos más serían si pudieran permitírselo? Estamos a tiempo de llevar a cabo cambios estructurales de calado para dar un giro a un deterioro que se viene gestando desde hace tiempo. El peso de la balanza no recae en los profesionales sanitarios, cuya calidad es reconocida, sino en la inoperancia de unos políticos que están distraídos en sus discrepancias ideológicas.
En pleno otoño, los políticos se han enzarzado en una verdadera guerra ideológica, distracción invasiva en todos los medios de comunicación y que, el gobierno, como principal actor frente a la oposición, está más que empeñado en azuzarlo generando un ruido de fondo que nos impide prestar atención a lo que realmente importa y desea la mayoría de la población. Además, mientras la recaudación tributaria ha crecido un 10,1% entre enero y septiembre, la actividad económica lo hizo un 2,8% y una parte no pequeña de la subida de esos ingresos fiscales proceden de las retenciones de los salarios. Uno de los motivos es la no deflactación del IRPF (no actualizar los tramos de renta) para aumentar los ingresos fiscales, medida manifiestamente injusta e impropia de un gobierno que solo se cuida de sí mismo y su incontrolado gasto. Todo parece indicar que vestimos un traje que está lleno de rotos y quizá convenga comprarse uno nuevo.
Francisco Errasti. Economista.