Cercas, Unamuno y la inmortalidad
"Nuestro mejor novelista consiguió lo que deseaba: hablar con el papa Francisco en el avión durante su viaje a Mongolia"

Actualizado el 27/11/2025 a las 12:20
El libro del novelista español Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962), El loco de Dios en el fin del mundo (2025), es uno de los libros más hermosos que he leído en mi vida. Vargas Llosa, nuestro Nobel, le ha llamado “uno de nuestros mejores escritores en nuestra lengua”. Para el prestigioso crítico italiano Aldo Cazzullo, es “el mejor escritor vivo”. El caso es que el novelista extremeño-catalán, que se autodefine en el libro como ateo, anticlerical, laicista militante, racionalista contumaz e impío riguroso, que fue un día alumno ejemplar de los maristas, y que conoció la angustia el día en que perdió a Dios, se propone un día volar hasta Mongolia, siguiendo el enésimo viaje del papa Francisco, solo para hacerle una pregunta. Invitado dos veces, como intelectual español, a encuentros culturales, con otros muchos escritores, en el Vaticano, le han ofrecido escribir un libro sobre el viaje, sobre el Papa, sobre la Iglesia, sobre lo que quiera…
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Desde la muerte de su padre, su madre -ambos católicos a machamartillo- no paraba de repetir que iba a encontrarse con él después de muerta, y Javier Cercas se dijo entonces si podía estar unos minutos a solas con el Papa y hablarle de la resurrección de la carne y la vida eterna, y si era verdad que su madre volvería a ver a su padre, y entonces tenía todo el sentido del mundo escribir aquel libro. El autor del mismo, un espectacular éxito de ventas, hombre cultísimo, conocía bien lo que había escrito el célebre filósofo y crítico de la religión Ludwig Feuerbach en 1851: “Un Dios es esencialmente un ser que satisface los deseos de los hombres. Pero a los deseos del hombre (…) pertenece más que ningún otro el deseo de no morir, de vivir eternamente; este deseo es el último y sumo deseo del hombre, el deseo de todos los deseos, como la vida es el compromiso de todos los bienes: un Dios que no satisface ese deseo, que no supera la muerte o al menos la compensa con la otra vida, una nueva vida, no es un Dios, por lo menos no es un verdadero Dios, que corresponde al concepto de Dios”.
En el libro de 485 páginas hay tres libros interiores espléndidos, redactados de mano maestra. Uno sobre el Vaticano y sobre la Iglesia en general, a través de varios de sus comunicadores mejor formados, de los que Cercas se hace amigo. Otro sobre el papa Francisco, desde su Argentina natal, con sus luces y sombras, hasta lo más original de su pontificado. Y un tercero, para mí el mejor, sobre Mongolia, las misiones, las periferias de la Iglesia y la vida heroica y feliz de misioneras y misioneros, escrito con un pasión y entusiasmo como nunca tal vez se había visto desde posiciones laicas. Confiesa Javier Cercas que dejó de ser católico y de ser el muchacho alegre y estudioso que era, cuando leyó la novela San Manuel bueno y mártir de Miguel de Unamuno, y que la lectura de todos sus libros le sumió en una frenética etapa de confusión mental. Lo cierto es que don Miguel, autor de libros tan sublimes como El Cristo de Velázquez o Diario Íntimo, es tal vez el autor español más arrebatado por el deseo de inmortalidad, en lo que coincide, al menos parcialmente, con el interés mostrado en todo este libro por nuestro novelista extremeño-catalán. En su obra capital, El Sentimiento trágico de la vida, escribe Unamuno: “A Dios no le necesitamos ni para que nos enseñe la verdad de las cosas, ni su belleza (…), sino para que nos salve, para que no nos deje morir del todo (…). La suprema necesidad humana es la de no morir”. Y en otra obra excelsa, Vida de Don Quijote y Sancho: “El ansia de gloria y renombre es el espíritu Íntimo del quijotismo, su esencia y razón de ser. (…) El toque está en dejar nombre por los siglos, en vivir en la memoria de las gentes; el toque está en no morir. ¡En no morir! Esta es la raíz última, la raíz de las raíces de la locura quijotesca. ¡No morir! ¡No morir!”.
Nuestro mejor novelista consiguió lo que deseaba: hablar con el papa Francisco en el avión durante su viaje a Mongolia. En un breve pero intenso coloquio, le preguntó por fin si podía decir a su madre que el Papa le había dicho que vería a su marido cuando muriera. Francisco le respondió: -“Con toda seguridad”. Javier Cercas, de vuelta a Barcelona, contó a su madre -vidriosos ya sus ojos por el Alzheimer- lo sucedido, y le puso la grabación del encuentro. Cuando murió la madre, Francisco telefoneó a Javier diciendo que rezaría por ella. En el avión el Papa había añadido a su contundente respuesta: -“La promesa del Señor es esa. Nos va a llevar a todos allá. Con Él. A todos. A su madre, a su padre… A usted también, aunque no crea. Eso a Él le da igual. (…) Qué le vamos a hacer. Son cosas de Dios”.
Víctor Manuel Arbeloa. Escritor