Sobrevivir al suicidio de alguien cercano
Las personas que han perdido por suicidio a alguien cercano nos necesitan para poder recuperarse, para volver a engancharse a la vida

Actualizado el 19/11/2025 a las 09:57
En torno al Día Internacional del Superviviente a la muerte por suicidio tenemos una buena oportunidad para volver a hablar de esta realidad y de quienes la atraviesan. El término “superviviente” o “sobreviviente” se utiliza indistintamente para definir a la persona que sobrevive y se caracteriza como “el que conserva la vida después de un suceso en el que otros la han perdido”. Por otro lado, la palabra duelo, tiene dos semánticas. Una para referir “dolor, lástima, aflicción o sentimiento” y otra para “combate o pelea entre dos a consecuencia de un reto o desafío”.
Más allá del dolor por la pérdida, el duelo es un desafío por superar una realidad que nos aparta de la vida, con una duración variable en función de cada persona. Los duelos por suicidio tienden a complicarse y a perdurar en el tiempo. La tristeza, el resentimiento, la culpabilización hacia dentro y hacia fuera, el anclaje en la persona fallecida y sus pertenencias, la falta de sentido en sus vidas, el aturdimiento, la desconfianza, el aislamiento y las ideas de “irse” también con él o ella son los principales síntomas que se instalan en sus vidas.
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La palabra “superviviente” se creó para acompañar y dar sentido a una experiencia muy dura. Aun así, como cualquier término que define o clasifica las vivencias de las personas, puede limitar la comprensión del momento por el que están pasando. Muchas veces, sin darnos cuenta, trazamos una separación entre “ellos” y “nosotros”. Esa distancia dificulta la empatía que necesitamos para relacionarnos. No contemplamos la posibilidad de que podríamos encontrarnos en una situación similar y, con esta reacción tan humana, nos alejamos de tener una relación sana. Otras veces, simplemente nos mimetizamos con el silencio que adoptan los supervivientes.
En el suicidio, la muerte y la forma de morir adquieren dimensiones que es necesario diferenciar para afrontar el duelo por la pérdida. El dolor se convierte en sufrimiento cuando surgen, inevitablemente, sentimientos como la culpa implacable, acusadora, que hace que día tras día se cuestione lo que se hizo, lo que se dijo y la manera en la que se dio respuesta a las necesidades de quien no pudo soportar el sufrimiento. “¿Cómo no os habéis dado cuenta?” es la frase más acusadora que se lanza desde el entorno más cercano, a menudo desde la propia familia. El mensaje de la frase es claro: “¿dónde estabas tú?”. Este tipo de mensajes verbales, gestuales y de comportamientos complica la recuperación, amplificando el sentimiento de culpa del doliente que teme la relación y prefiere el aislamiento como forma de autoprotección. Esta reacción puede impedir el acceso a la ayuda de los recursos comunitarios, actualmente muy escasa y centrada en las asociaciones de supervivientes.
La culpa puede llegar a ser un sentimiento crónico y por lo tanto devastador y causante de parálisis en el camino hacia la recuperación o puede diluirse poco a poco con ayuda y un trabajo personal que pasa por la comprensión del contexto y las circunstancias, en muchos casos ligadas a la enfermedad mental, y la aceptación de nuestras limitaciones para impedir lo que finalmente ha resultado inevitable. Por eso, necesitamos romper las actitudes estigmatizantes y mostrar nuestra empatía con quien sufre esta circunstancia.
Sobrevivir es vivir, a pesar de todo y con todas las consecuencias. Mejor hacerlo juntos. Las personas que han perdido por suicidio a alguien cercano nos necesitan para poder recuperarse, para volver a engancharse a la vida, y nadie, ni siquiera quienes se fueron, tiene derecho a impedirlo. Una actitud de comprensión hacia sus sentimientos, hacia sus ritmos y sus conductas es crucial para que recuperen sus vidas. Ellos, unidos a través de asociaciones, tienen derecho a exigir que se actúe son firmeza para prevenir los suicidios. Con su grito, con su testimonio, desde su experiencia de dolor y debilidad, emprenden un camino de superación y también de ayuda a quien ahora lo está pasando mal. Han logrado transformar el dolor en una fuerza de empuje que merece nuestro reconocimiento.
Durante varios años tuve la oportunidad de colaborar con la Asociación Besarkada-Abrazo y comprobar la extraordinaria labor de ayuda a los supervivientes. Uno a uno, me acuerdo de todos con gran cariño.
Pedro Villanueva Irure. Psicólogo.