Me miraba y sonreía
"Comprobé que las personas mayores no se aburren. Deshacen con paz el ovillo"

Actualizado el 18/11/2025 a las 09:11
Repasar los recuerdos es desenredar un ovillo. Buscas el extremo y tiras. La madeja va soltando y con cada sacudida cede un trocito de la memoria. Suavemente en ocasiones, con tensión, en otras; deslizada la madeja o forzada. Cada vez que estiras surge un recuerdo. ¿No lo has experimentado? El hilo cruza entre los dedos y te viene una habitación blanca de papel pintado y cama recién hecha, un guiso con olores sugerentes, la calle donde jugabas al balón, los primeros tiempos en la escuela. Tiro delicadamente y me aborda aquel partido de baloncesto en el que los Escolapios ganamos por primera vez a un ‘cole’ imposible cuyo nombre omito para gloria del mío. En algún momento echo atrás la mirada, tiro del ovillo y llega el recuerdo de la abuela. Sentada, haciendo punto. Ella me enseñó a mirar los hilos y los recuerdos y hacer una madeja con los unos y los otros. Comprobé que las personas mayores no se aburren. Deshacen con paz el ovillo. Son el reverso de los niños que se aburren en cuanto pasan un minuto sin actividad, sin un balón o una propuesta de juego. Los mayores, no. Se mueven en un escenario diferente. Tienen una relación peculiar con el tiempo. No están sometidos a la imperiosa necesidad de estar ocupados.
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A mi abuela la descubría en ocasiones sentada en el sofá sin hacer nada, tal vez pensando, meditando, con el ovillo entre las manos. ¿No haces nada?, preguntaba con la sorpresa de mis ojos de niño inquieto. Ella, entonces, regresaba como transportada desde algún lugar y me respondía: “¡Uy, si no he parado!”. Pero su movimiento atravesaba los días en una calma ajena a la actividad frenética. Así la veía yo. Tomaba café, leía el periódico, seguía una telenovela, cosía, atendía llamadas y basculaba en un disfrutar de ser, de estar, que me costaba comprender.
-¿Abuela, qué haces?
- Te estoy mirando, respondía.
Aquello me desbarataba. Yo detenía mi actividad. Dejaba de recoger platos, hojear el libro, mirar la agenda. Me hacía pensar en lo difícil que es sostenerse en el ahora si me desprendo de la necesidad de hacer algo. Ella entretanto, con su lana y sus ovillos, plácida, me miraba y sonreía.