Opinión

Los ya tristemente famosos ‘campamentos transfeministas’ de Bernedo y sus akelarres

Uno de los lugares del campamento de Bernedo. Al fondo, en un mural aparece una mujer desnuda bajo el lema "Libre y rebelde" escrito en euskera
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Uno de los lugares del campamento de Bernedo. Al fondo, en un mural aparece una mujer desnuda bajo el lema "Libre y rebelde" escrito en euskeraDN
Uno de los lugares del campamento de Bernedo. Al fondo, en un mural aparece una mujer desnuda bajo el lema "Libre y rebelde" escrito en euskera

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Íñigo González

Actualizado el 14/11/2025 a las 08:15

Reconozco que sigo con horror todo lo que se publica sobre los ya tristemente famosos ‘campamentos transfeministas’ de Bernedo. Con cada cosa que se conoce sobre lo que ocurría desde hace años en las colonias alavesas bajo un peldaño en el pavor de hasta dónde lleva la ideologización. Y asciendo varios en mi escalera interna de indignación. Pero lo último ya me quema sobremanera: la indefensión psicológica a la que están condenando a las víctimas.

Seguro que lo gordo ya lo saben: Udalekus donde escolares navarros y vascos iban supuestamente a convivir varias semanas en euskera. Pero la realidad era bien distinta: duchas mixtas obligatorias para niños y niñas de 9 a 15 años, junto con adultos, todos desnudos, para que los menores “no se sintieran categorizades”. Monitores cocinando en pelotas. Monitoras realizando gymkanas eróticas por el día y akelarres por la noche. En ocasiones, como dios las trajo al mundo. Siempre ante menores. Y de postre: jugar a quemar banderas españolas. 

Al volver y contar lo vivido se han disparado las denuncias contra la organización -ya hay más de una veintena- por atentar contra la libertad sexual de los menores. Y aquí es donde exploto. Porque los monitores aseguran que apuestan por estos métodos como “oportunidad para normalizar todos los cuerpos y liberarse de la vergüenza y la sexualización”. Y denuncian que las críticas se deben a “ataques tránsfobos”. Pero ojo, resulta que hay también familias participantes que compran el mensaje pese a que apesta a mercancía averiada. Hasta les agradecen que el cuerpo de sus hijos “se vea como un espacio político”.

Como padre, no concibo una opción de verano peor que esta para mis hijos. ¿Imaginan una reacción así, silencio de la izquierda abertzale incluido, si el campamento fuera organizado por catequistas de una parroquia? Y pienso en Nerea, de 13 años. Lo cuenta El Correo. Sus notas han caído en picado y ha dejado de ir a clase para sentarse en un parque. Sola. Hasta que ha contado lo sufrido en Bernedo y pedido ayuda psicológica. De momento no se la conceden en los servicios públicos. Les dicen que esos recursos son para mayores de 16 años. Y lo mismo le pasa a otras tres compañeras. ¿Pero estamos locos o qué? Todo mal.

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