"Abandonar el desfile, salirse de la fila, no dejarse arrastrar, es el reto para esta muchachada. No hay otro paraíso que la propia dignidad"

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Pedro Charro

Actualizado el 10/11/2025 a las 08:37

A la izquierda abertzale, ya en los sillones, le ha nacido un hijo díscolo, como suele ocurrir- el que siembra vientos recoge tempestades- que parece llevar al extremo, incluso en lo estético, su peor versión y así hemos podido ver con pavor a estos encapuchados de negro desfilando,  agrediendo a quienes se ponen por delante, en la estela inconfundible del viejo matonismo de las camisas pardas, de los que quemaban libros y perseguían al oponente, de los desfiles de embozados y los gritos amenazantes, del odio a la libertad de cada cual para ser lo que quiera, dejando claro que la forma de rebatir a quienes llaman fascistas -podrían mirarse en el espejo- y que mañana podemos ser cualquiera, es sencillamente agredir, hacerles callar. En Vitoria estos muchachos envalentonados que pueblan las fiestas y se imponen en las calles, se enfrentaron con falangistas, tal para cual, y aquí, como no encontraron a Quiles, arremetieron con lo que pudieron. 

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Es la vuelta de la kale borroka, la constatación de que en esta tierra hay un fondo de violencia e intolerancia que no termina de curarse. Una nostalgia de los tiempos del  tiro en la nuca. Hay quien dice que esto viene de lejos, del viejo carlismo integrista, beligerante,  pero lo cierto es que este nacionalismo de tonos oscuros -el que se llama radical y de izquierdas-  se basta por sí mismo, encuentra en la violencia una razón de peso, hace equilibrios para justificarla y tiende a ver al diferente, al que se siente español por ejemplo,  como algo intolerable que no merece respeto. Desautorizar esta locura debería ser vital,  en vez de  volver la cabeza o directamente aplaudir estas barbaridades ¡ay! como valiente antifascismo. Con este cáncer no cabe un diálogo, sino poner límites claros y usar la firmeza, pues lo contrario es dar carta blanca para que se expanda. Eso, y no atemorizarse ni renunciar a  hablar claro y que resuene. Abandonar el desfile, salirse de la fila, no dejarse arrastrar, es el reto para esta muchachada. No hay otro paraíso que la propia dignidad.

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