"Puede parecer que un libro sobre el duelo, ahora que a la muerte se la oculta, no es plato de gusto. Error. Gospodínov no necesita una exhibición del dolor para conmover al lector"

Publicado el 02/11/2025 a las 05:00
En el día de Todos los Santos, mi padre y yo regresábamos del monte con alguna perdiz en el macuto. Cruzábamos en coche pueblos donde la gente, en fila y con flores, caminaba por el arcén hacia el camposanto. A mi padre no le gustaban los cementerios, “Ahí no hay nada”, decía. Bien que demostró lo mucho que los aborrecía el día de su entierro, hace más de 20 años. No entraré en detalles. Uno de los libros más hermosos que uno ha leído últimamente sobre el tema es El jardinero y la muerte, del escritor búlgaro Gieorgui Gospodínov. La primera frase merece estar entre los grandes arranques de la literatura: “Mi padre era jardinero. Ahora es jardín.” Puede parecer que un libro sobre el duelo -ahora que a la muerte se la oculta-, no es plato de gusto. Error. Gospodínov no necesita una exhibición del dolor para conmover al lector. Es un libro que, a pesar del tema, nos reconcilia. Frases sencillas, capítulos breves, chispazos inspiradísimos y, sobre todo, una recreación de la figura del padre muerto en la que no falta el humor, acompañado de anécdotas y fogonazos reflexivos inolvidables, como ese fragmento en el que observa a su padre sin camisa trabajando en el huerto.
Describe su torso cubierto de cicatrices porque cada cicatriz, dice, cuenta una historia: “El cuerpo de mi padre era un manuscrito.” La literatura sobre el duelo tiene una larga tradición, desde las coplas de Jorge Manrique hasta hoy: Francisco Umbral, Sergio del Molino... En Francia, Arnie Arnaux es una maestra, y en Estados Unidos la gran Joan Didion publicó dos obras soberbias: “El año del pensamiento mágico” y “Noches azules”. El libro de Gospodínov, maravillosamente editado por Impedimenta, es accesible para cualquier lector, y lejos de hurgar en el dolor por la ausencia del padre, nos muestra una serie de estampas que sortean los dos grandes peligros que acechan a este género: la solemnidad y la cursilería. Tampoco hay pedantería. Escribe: “Me pregunto si las flores no son realmente los periscopios secretos de los muertos que yacen bajo ellas observando el mundo a través de sus tallos.” Una delicia.