La igualadora y la democrática
"Muchos nombres propios que significan la muerte provienen de deidades pertenecientes a varias tradiciones religiosas"

Publicado el 02/11/2025 a las 05:00
Muchos nombres propios que significan la muerte provienen de deidades pertenecientes a varias tradiciones religiosas: Thanatos, Mors, Parca, Yama, Thana, Shi… La literatura de todo género le ha dado también mil nombres, casi siempre populares: “la descarnada” de Sancho Panza, la huesuda, chata, pelona, guadaña, segadora, igualadora, afanadora… Hasta cien y más nombres sinónimos se registran en Méjico para la muerte, algunos tan cercanos como la comadre y la democrática. Francisco de Quevedo, uno de los príncipes de la literatura española, que escribió muchos versos y prosas graves sobre la muerte, es autor también de un tratadito titulado El sueño de la muerte (1622), incluido en sus extensos escritos satírico-morales. Un buen día, tras la lectura de Lucrecio y de Job, nuestro autor quedó dormido. Y describió genialmente uno de sus sueños entre una multitud de gente de la muerte: médicos, boticarios, practicantes, cirujanos, barberos, habladores, chismosos y entremetidos, con los que se encontró en el trasmundo, cuando, en esto vio entrar “una que parecía mujer, muy galana y llena de coronas, cetros, hoces, abarcas, chapines, tiaras, caperuzas, mitras, monteras, brocados, pellejos, seda, oro, garrotes, serones, perlas y guijarros.
Un ojo abierto y otro cerrado, y vestida y desnuda de todos colores. Por un lado era moza y por el otro era vieja. Unas veces venía despacio y otras apriesa. Parecía que estaba lejos y estaba cerca. Y cuando pensé que empezaba a entrar, estaba ya a mi cabecera”. Viendo tan desbaratada compostura, no se espantó Quevedo, pero quedó suspenso, y no sin risa, porque, bien mirado, era figura donosa. Preguntóle quién era y ella contestó: -La Muerte-. Y a qué venía, y le dijo: -Por ti-. El mortal soñador exclamó entonces: -Jesús, mil veces. Muérome según eso-. Y la Muerte le dijo que no, pero que fuera con ella a visitar a los difuntos. No le dejó siquiera vestirse: con ella iba vestido, pues traía los trastos de todos para que todos anduvieran más ligeros. En el camino don Francisco dijo a su compañera que no la veía como muerte, pues en el mundo la pintan “sus huesos descarnados con su guadaña”. -Eso no es la muerte, sino los muertos o lo que queda de los 2 vivos-, comentó ella.
Y siguió aleccionando a su sorprendido e ingenuo acompañante: “La muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte. Tiene la cara de cada uno de vosotros, y todos sois muertes de vosotros mismos. La calavera es el muerto y la cara es la muerte. Y eso que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo. (…) Si esto atendiéredes así, cada uno de vosotros estuviera mirando en sí la muerte cada día y la ajena en el otro, y viéredes que todas vuestras casas están llenas della, y que en vuestro lugar hay tantas muertes como personas, y la estuviérades aguardando, sino acompañándola y disponiéndola”. Después de esta sabia lección filosófica y moral, Quevedo, siempre curioso y siempre crítico con el mundo que le tocó vivir, volvió a preguntar a su gallarda guía por qué iban más cerca de ella los enfadosos y habladores que los mismos médicos. Y ella le respondió que más gente matan los habladores y los entremetidos que los médicos, aunque “todos mueren de los médicos que los curan”. Y en esto llegaron a una sima grandísima, donde encontraron tres monstruos armados combatiendo entre sí. Eran los tres enemigos del alma: el Mundo, el Demonio y la Carne. –Son tres tan parecidos -dijo la Muerte-, que en el mundo tenéis los unos por los otros. Cerca estaba el Dinero. Tenía puesto un pleito con los tres enemigos del alma, “porque donde está él no son ellos necesarios, pues él solo es todos los enemigos”.
Prosiguieron su camino más abajo, abrióse una puerta y vieron a un lado al Juicio y al Infierno. Le pareció al soñador don Francisco que había visto al Infierno otras veces. -Y ¿Dónde? –le preguntó la Muerte. Y nuestro escritor respondió: -“En la codicia de los jueces, en el odio de los poderosos, en las lenguas de los maldicientes, en las malas intenciones, en las venganzas, en el apetito de los lujuriosos, en la vanidad de los prÍncipes. Y donde cabe el Infierno todo, sin que se pierda gota, es en la hipocresía de los mohatreros de las virtudes, que hacen logro del ayuno y del oír misas”. Y llegaron por fin a un grandísimo llano, donde estaba depositada la oscuridad para las noches, y aquí dijo la Muerte que tenían que parar, pues habían llegado a su tribunal y audiencia, donde juzgaría todo tipo de gentes, de oficios, de vicios, y también de muertes: la muerte de amores, la muerte de frío, la muerte de hambre, la muerte de miedo y hasta la muerte de risa… Y sigue Quevedo relatando sus sueños sobre los juicios de la Muerte…
Víctor Manuel Arbeloa. Escritor