"De un tiempo a esta parte la 'turra' es tan tremenda que los escaparates, televisiones, bazares y supermercados supuran telarañas casi desde principios de septiembre"

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Íñigo González

Actualizado el 31/10/2025 a las 11:39

Por si no se habían dado cuenta, hoy por fin es Halloween. Ya está aquí. Y si no lo han hecho ya, seguro que en algún momento del día se cruzarán con hordas de vampiros, brujas, esqueletos y calabazas más o menos regordetas. Eso, en el mejor de los casos. En el peor, serán monjas terroríficas, payasos que escurren sangre, zombies y demás casquería barata. Generalmente, de plástico. Y por supuesto, todos repetirán eso de Truco o trato mientras le aporrean el timbre en busca de chucherías. La noche de los muertos en todo su esplendor, vamos. 

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Nunca he sido yo enemigo del apropiarse de fiestas ajenas, sobre todo en mis años mozos. Y aún sonrío al recordar mi primer Halloween en un mítico pub irlandés de Pamplona, hoy tristemente desaparecido, junto a unas granjeras universitarias de Ohio. Fue hace 27 años, aunque esa es otra historia. Lo que demuestra que la celebración de marras no es nueva precisamente. Lo que ocurre es que de un tiempo a esta parte la 'turra' es tan tremenda que los escaparates, televisiones, bazares y supermercados supuran telarañas ya casi desde principios de septiembre. 

Y claro. Uno es padre. Con cierta experiencia vital. Y está aburrido de que cada año el enano de turno se tire una semana sin dormir de puro acojone con tanto monstruo omnipresente. Que ya sé que luego lo disfrutan, y que muchos navarros ya talluditos gozan con Halloween. Pero qué quieren que les diga, yo echo de menos el Todos los Santos de toda la vida. El de mi niñez. 

Esa imagen de mi madre dejando dos velas rojas encendidas en la cocina toda la noche en recuerdo de mi abuelo y de mi padre. Velas que irían creciendo con los años para recordar a más familiares ausentes y que tanta falta nos hacen. Correr al cementerio de Pamplona por la mañana y al de Noáin por la tarde arropados por tíos y primos. Todos. Y terminar en la cocina pelando castañas asadas entre buñuelos y huesos de santo de mazapán. Allí no había truco. Pero sí familia. Y mucho amor. Y molaba.

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