Abundancia: la nueva izquierda y el futuro progreso
"¿No es cierto que muchas de estas realidades suenan a “déjà vu” en nuestro propio país y nuestra Comunidad foral, donde proyectos nucleares no reciben la atención debida por parte de quienes nos gobiernan?"

Actualizado el 28/10/2025 a las 08:36
Este es el título de un libro, ciertamente sugerente y atrevido en su contenido, que han publicado Ezra Klein y Derek Thompson, periodistas norteamericanos de tendencia progresista que abogan por que la “izquierda clásica” -agotada en sus planteamientos- cambie el paradigma de la redistribución por el de estimular el crecimiento. En no pocos ámbitos de la vida política, social y económica resulta difícil distinguir la izquierda de la derecha, cuyos límites se han vuelto más difusos e incluso borrosos en ocasiones. Tradicionalmente la derecha ha prestado mayor atención a los problemas económicos y de seguridad, mientras la izquierda se ha enfocado en la cultura, en evitar abusos y la defensa de los más vulnerables. El liberalismo conservador está enfocado a disminuir los impuestos mientras disminuye el tamaño del Estado, que es el polo opuesto con el que se defiende la socialdemocracia: el aumento de impuestos y un Estado fuerte que, con su tendencia irrefrenable al gasto descontrolado, ha incrementado la deuda pública y descuidado las bases materiales de la prosperidad.
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Así, no solo se basa en la consecución de objetivos sociales -tan necesarios- sino que se manifiesta en el descuido de aquellas infraestructuras de auténtico impacto en el progreso. Los autores consideran que el entorno reglamentario de muchas ciudades controladas por la izquierda en Estados Unidos obstaculiza el desarrollo y el progreso en proyectos ambiciosos, incluidos los relacionados con la vivienda asequible, infraestructuras y cambio climático. Políticas tan propias de la izquierda como construir viviendas, mejorar infraestructuras, fomentar el desarrollo, han quedado paralizadas por el exceso de regulación y la multiplicación de órganos administrativos en los que no pocos proyectos quedan parados. Esto ha conducido, según los autores, a lo que llaman el “reino de la escasez”, que se aprecia de modo particular en los estados gobernados por el progresismo, donde los déficits en salud, vivienda y transporte constituyen signos distintivos de carácter estructural que puede llegar a crear un clima de opinión de que la izquierda no sabe gestionar. “La política como gestión ha desaparecido”, decía recientemente un escritor en este mismo periódico (21.7.2025), hablando de la calamitosa gestión de los transportes en nuestro país.
Pero no son únicamente estos dos autores quienes ahondan en la falta de crecimiento derivados de las políticas progresistas, sino que hay quienes han ahondado en lo mismo refiriéndose a que en distritos donde gobiernan los progresistas -Nueva York, San Francisco o Los Ángeles- existen obstáculos al progreso por sus costosos requisitos, como la obligatoriedad de seguir en las políticas de contratación la normativa DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión), entre otras. El hecho de que cualquier medida económica debe ser de izquierdas (y, por tanto, debe cumplir con requisitos de cuidar el impacto ecológico y la perspectiva de género) las hace inviables en la práctica. El cambio que proponen Klein y Thompson es desistir del dogma de la redistribución y encaminarse a la búsqueda del crecimiento. La izquierda clásica piensa que el sector privado genera riqueza y la misión del gobierno consiste en distribuirla equitativamente. Sin embargo, las crisis cíclicas disminuyen la riqueza que repartir, de ahí el énfasis para que la acción del gobierno se enfoque a la producción y a la mejora de los bienes y servicios.
¿No es cierto que muchas de estas realidades suenan a “déjà vu” en nuestro propio país y nuestra Comunidad foral, donde proyectos nucleares (vivienda, tren de alta velocidad, infraestructuras, etc.) no reciben la atención debida por parte de quienes nos gobiernan? Su capacidad de decisión queda amputada por las exigencias de una exigua oposición que posee la llave de las decisiones sin que predomine el bien común. ¿Qué se puede decir de un gobierno que no es capaz -a pesar de sus múltiples promesas, incumplidas reiteradamente- de resolver el grave problema de la vivienda? Lo mismo cabe decir de otros servicios públicos que son ocasión de una desesperante resignación por parte de los usuarios. El gobierno está demasiado ocupado en disimular la enorme mancha de la corrupción y no tiene tiempo de gestionar las necesidades reales que demanda la sociedad. ¿Nos merecemos un gobierno así? Por otro lado, el gobierno no deja de recordarnos el fuerte incremento de nuestra economía, sobre todo comparado con el de las economías del euro. Cierto y no miente, al menos por esta vez.
Lo que no dice es que ese crecimiento se debe a factores como el turismo, la inmigración (alrededor de 130.000 regulares y más de 60.000 irregulares en el año 2024) cuyos trabajadores son de baja cualificación, escasos salarios y baja productividad, pero su consumo incide en el crecimiento. Tampoco nos dice que tenemos la mayor tasa de paro de la Unión Europea, por no hablar del crecimiento de los empleos debido en gran parte al sector público. Tenemos un país con una economía cogida con alfileres a pesar de haber sido uno de los grandes beneficiados de los fondos europeos Next Generation. Menos publicidad partidista y más gestión que beneficie a la ciudadanía.
Francisco Errasti. Economista