"Da gusto pertenecer a una cultura que ofrece vías para combatir el mal y reparar las injusticias sin movernos del sofá pero con el mismo ardor que en el campo de batalla"

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José María Romera

Actualizado el 03/10/2025 a las 23:45

Mientras la flotilla navegaba plácidamente rumbo al litoral gazatí según los planes previstos, nuestra relación con el genocidio había sido la normal en estos casos. Pendientes de las noticias, horrorizados por los crímenes, anonadados ante las cifras de víctimas, indignados contra Netanyahu, decepcionados con la respuesta internacional, este podría ser un croquis aproximado de nuestras emociones. 

Al aproximarse los barcos a su destino la cosa fue variando porque se produjo una especie de desplazamiento sentimental que hizo olvidarse del infierno para centrar la atención en el minuto y resultado de la expedición. A medida que pasaban las horas, el foco informativo borraba cualquier rastro de la guerra y apuntaba a la peripecia de los navegantes. 

Al mismo tiempo, las manifestaciones se llenaban de eslóganes referidos a la situación de la flotilla en lugar de los que antes hablaban de víctimas. No era la primera vez que esto ocurría. También ha pasado con otros escenarios de la protesta, desde la Vuelta ciclista hasta el festival de Eurovisión, pasando por aquella aportación de color local al activismo que fue el chupinazo sanferminero. 

Da gusto pertenecer a una cultura que ofrece vías para combatir el mal y reparar las injusticias sin movernos del sofá pero con el mismo ardor que en el campo de batalla. Y sin embargo no todo es metonimia y simulacro. Al fondo de estas representaciones sigue la realidad obstinada en demostrar su dolorosa primacía.

 Que la captura de los tripulantes de la flotilla acabara pareciéndose a una ‘performance’ ensayada no significa que todo en ella fueran gestos narcisistas destinados al lucimiento personal en las redes o a la conquista de medallas del buen activista. Aunque esta clase de manifestaciones corran el riesgo de crear relatos de distracción, su lado positivo es que contribuyen a hacer visible el clamor y acrecentarlo. 

Quienes discrepan de estos métodos de protesta por superficiales y dispersivos deberían explicar de qué otras maneras más eficaces puede expresar su dolor la gente decente, esa que asiste con impotente perplejidad a la corrosión de los ideales a manos de la fuerza bruta. A veces la resistencia adopta formas inesperadas. Y llegados a este punto de barbarie, peor sería el silencio.

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