"Las masacres, los genocidios o como lo quieran llamar, se utilizan como naipes electorales. Los muertos son los electrodos de la movilización política"

Actualizado el 27/09/2025 a las 23:01
Disculpen la confesión, pero después de 25 años asomado a la ventana de esta columna semanal, ya debería estar curado de espanto. Pues bien, ha pasado un cuarto de siglo y no me he curado. Me levanto, me lavo la cara para quitarme las telarañas del sueño, me sirvo un café, algo de fruta, un puñado de nueces, un kéfir.
Por la ventana entra la luz de las ocho de la mañana. Me digo: “Es una mañana que no se repetirá nunca” y, animado por esa frase que no he copiado de ningún libro de autoayuda, me siento junto a la encimera. Enciendo la radio: se acabó la paz. Consulto varios periódicos en mi teléfono. La catarata de palabras cubre la cocina con una miasma insana.
Sí, es una mañana que no se repetirá nunca, pero lo que sale de las tripas del transistor parece muy viejo. Por el transistor se habla de Gaza, que es como hablar de la Ilíada, si no fuera porque Gaza no sucedió hace siete mil años ni es una batalla. Canta, oh, diosa, la cólera de Netanyahu, imagino que titula un periódico su editorial del día.
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Tan lejos en el tiempo y en el espacio, pero tan cerca. Me viene a la memoria una cita de Un terrible amor por la guerra, ensayo de James Hillman, donde dice: “A lo largo de la Historia no se ha constatado un periodo de cien años sin un conflicto bélico serio”. A veces, la Historia, reduce el horror en una frase reveladora.
Pero mientras cuchareo unas nueces con kéfir y tomo un sorbo de café solo, las palabras impresas en móvil revelan la verdad. Las masacres, los genocidios o como lo quieran llamar, se utilizan como naipes electorales. Los muertos son los electrodos de la movilización política. Los sacan de entre los escombros para ser agitados en el patio político de un país empequeñecido y vil que transforma una causa justa en un meme histérico.
Termino el kéfir, apuro el café, pero las palabras siguen flotando en la cocina, aunque no las escuche. Todos los argumentos extraídos de las noticias terminan en el mismo punto: nuestro ombligo político, único cerco que nos importa. Apago la radio; adiós, móvil. Friego las tazas del desayuno. El otoño, ahí afuera, espera impasible.