"Hemos permitido que la palabra genocidio se ponga al servicio de la querella local, como una línea divisoria en la polarizada, estomagante y tantas veces banal trifulca doméstica de todos los días"

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José María Romera

Actualizado el 26/09/2025 a las 23:33

Este diciembre la Fundéu lo tendrá fácil para elegir la palabra del año. Salvo que las presiones externas lo impidan, la voz agraciada con el título será "genocidio". Tal vez les suene, incluso a aquellos que viven al margen de la actualidad y sus trifulcas. La palabra retumba con tal insistencia que más que una acusación parece la letra de un jingle publicitario en plena campaña de lanzamiento. Solo que esta vez el producto promocionado es la condena de una matanza infame y masiva que no hay forma de detener. La masacre perpetrada en Gaza es un genocidio de libro, se mire por donde se mire. Pero algunos lo llevan a la querella jurídica y entonces aparecen las objeciones puntillosas, como si todos tuviéramos el deber de hablar como togados. 

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Porque una cosa es la exactitud del lenguaje técnico, tan conveniente ante los tribunales, y otra el sentir general que atiende más a las connotaciones que al rigor semántico. Tal vez llamar genocidio a la operación criminal del Gobierno y el ejército israelíes no la haga más abominable, pero sí expresa la adhesión a una corriente de reprobación universal, la voluntad compartida de paz, la denuncia sin paliativos del horror y la crueldad. Quizá por eso la palabra genocidio se ha rebelado contra el remilgo lexicográfico que pretendía borrarla de la disputa y ha acabado quedándose en ella, y de qué manera. Tan presente se ha hecho en la conversación pública sobre el conflicto palestino-israelí, que a ratos la devora y nos deja discutiendo sobre palabras y no sobre bombas y cadáveres. 

Está pasando en todo el mundo, pero aquí entre nosotros ha adquirido una dimensión más innoble. Hemos permitido que la palabra genocidio se ponga al servicio de la querella local, como una línea divisoria en la polarizada, estomagante y tantas veces banal trifulca doméstica de todos los días. Aquí decir o no decir genocidio son decisiones que no reflejan una postura moral, sino un desplante más en el juego de provocaciones. Y al final resulta que, en vez de actuar como un misil contra la línea de flotación de Netanyahu, se queda reducida a un exabrupto contra el rival vecino en medio de una reyerta arrabalera. No es ese el destino que merece la palabra genocidio, ni el tipo de condena que reclama esta tragedia.

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