La enfermera antivacunas

Actualizado el 24/09/2025 a las 23:35
Estoy leyendo con fruición un caso que estos días juzga la Audiencia de Vizcaya, donde una enfermera se enfrenta a 7 años de internamiento por haber simulado vacunar a menores cuando en realidad no les inoculaba suero alguno. La mujer, que trabaja en un ambulatorio de Santurtzi, seguía el mismo patrón hasta que las denuncias de varias familias destaparon la trampa: cuando había que vacunar preparaba la jeringuilla de espaldas, la ponía en el brazo del niño y en apenas un segundo la tiraba a la papelera, registrando en la cartilla la profilaxis administrada. La investigación del servicio vasco de salud habla de 404 menores afectados que ha tenido que citar de nuevo para vacunarlos correctamente.
Pero la enfermera antivacunas no paraba ahí: también recetaba a los críos andar descalzos por la hierba “para hacerse microcortes que inmunizan contra el tétanos”, alentaba a las familias a prescindir de la carne y la leche en la alimentación de sus hijos o calificaba a los bebés de “seres de luz que vienen a iluminarnos y por eso no enferman”.
La cosa sería fascinante si no se intuyera un problema mental detrás de la sanitaria. O si no estuviésemos surfeando esta ola reaccionaria que recela de todo lo que huela a medicina, ciencia y vacunas. Ahí tienen a Trump diciendo a las embarazadas que el paracetamol produce autismo y las vacunas, TDAH. En fin.
A un servidor las agujas le han dado 'canguelo' toda la vida. De pequeño empleaba una resistencia numantina ante la practicante de turno y obligaba a mi madre a inmovilizarme con una llave de judo digna de unas olimpiadas. De mayor no he podido evitar cerrar los ojos para profanar mi templo corpóreo con tatuajes varios. Incoherencias que tiene uno.
Pero lo que todo padre y madre sabe es que pondría su brazo ante el verdugo, perdón, ante el enfermero, una y mil veces si así fuese posible evitar a su vástago el mal trago de la banderilla. El otro día le tocaba analítica al enanillo y mi santa pidió a la enfermera que usara “la aguja que no duele”. Pobre. A más de uno y de dos que yo me sé sí que habría que pincharles sin piedad. Y con la que duele.