La pregunta era inevitable: “Y tú, ¿de quién eras, de Paul Newman o de Robert Redford?”

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Juan Gracia Armendáriz

Publicado el 21/09/2025 a las 05:00

Los críos del pueblo salimos del cine, a diez pesetas la entrada, con ganas de que nos creciera la barba, vestirnos con pieles de oso, comernos el hígado de un adversario y vivir en las montañas. Acabábamos de ver Las aventuras de Jeremiah Johnson, dirigida por Sydney Pollack, quien retuvo la inclinación por la épica violenta de su guionista, Jonh Milius. Eso lo sabríamos mucho después, claro, pero aquella tarde todos queríamos ser Robert Redford vestido de trampero. La película cuenta la formación de un mito, pues se inspira en la vida del llamado “Hombre de la Montaña”, un trampero apodado John Comehígados Johnson, cuyo mote se explica solo. Películas como El renacido o Bailando con lobos son herederas de aquel film. La película pasó a formar parte de mi mitología infantil. Y con ella, Robert Redford, por quien siempre sentí una simpatía especial. Junto a Paul Newman formaba la pareja de guapos de Hollywood, con sus rostros sobrenaturales y un talento actoral fuera de toda duda. 

En Dos hombres y un destino, un wéstern estilizado y con un encanto imperecedero, se alternaron la chulería simpática de Paul Newman con el método contenido, casi minimalista, de Redford. Fueron grandes amigos durante toda su vida. Un amigo dice que Dios, cuando reparte talentos, a veces se tropieza y se le caen del bolsillo un montón de virtudes sobre una sola persona: bondad, inteligencia, talento, belleza física… Ambos fueron agraciados por esos tropezones divinos. La pregunta era inevitable: “Y tú, ¿de quién eras, de Paul Newman o de Robert Redford?”. Más allá de su rostro perfecto y del encanto actoral de Newman, uno se queda con el rubio, que parecía siempre algo ensimismado, como si contuviera una fuerza emocional que sofrenaba con un silencio medido, un gesto mínimo, una mirada fugaz. Además, qué le vamos a hacer, si uno es mitómano: Robert Redford fue Jeremiah Johnson.

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