"Educar significa que niños y adolescentes estén en entornos seguros, e Internet no lo es sin filtros, configuraciones de privacidad y controles parentales"

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Sonia Ledesma

Actualizado el 09/09/2025 a las 05:00

Cada 8 de septiembre se celebra el Día Internacional de la Alfabetización. Este año, la UNESCO lo hace bajo el lema “Promover la alfabetización en la era digital”. Una llamada necesaria en un momento en el que no basta con saber leer y escribir: Hoy, la verdadera alfabetización pasa también por aprender a habitar en la red de forma consciente, crítica y segura.

Y, sin embargo, a pesar de la avalancha de informes, titulares y evidencias sobre los daños del mal uso de la tecnología en la infancia y adolescencia, seguimos instalados en la inacción. Todos lo sabemos —familias, centros educativos y sociedad en su conjunto—, pero hacemos muy poco para cambiarlo. ¿De verdad podemos permitirnos ese lujo?

Alfabetización digital significa algo más que saber manejar un móvil o subir vídeos a TikTok. De hecho, debería llegar mucho antes que el móvil. Implica acceder, comprender, evaluar, crear, comunicar y participar en contenidos digitales de forma segura y adecuada. Y para que sea segura y adecuada, hay que educar.

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Educar significa que niños, niñas y adolescentes deben estar en entornos seguros, e Internet no lo es si no se utilizan filtros, configuraciones de privacidad y controles parentales. Educar significa ofrecerles información suficiente y adaptada a su edad. Y para ello, las familias pueden apuntar a sus hijos a formaciones que les ayuden a entender los riesgos y las oportunidades de su vida digital. Porque no basta con prohibir: los menores tienen que comprender el porqué de las normas para poder interiorizarlas e implicarse en su cumplimiento.

Educar, en definitiva, es poner límites y hacer que se cumplan. Y esto es más fácil cuando se combinan las dos cosas anteriores: usar herramientas tecnológicas que faciliten el acompañamiento y formar a los menores para que puedan autorregularse cuando llegue el momento de navegar libremente.

Los datos hablan solos. Según UNICEF, un 33% de adolescentes en España muestra signos de uso problemático de internet. El incremento de los problemas de salud mental en jóvenes ha sido de un 300% desde 2012. Poner normas y supervisar reduce significativamente la exposición a riesgos digitales en la adolescencia; sin embargo, solo un 21% de las familias pone normas, un 17% establece tiempos y tan solo un 7% limita contenidos.

En el ámbito escolar, la falta de proactividad también es evidente: aunque la LOMLOE establece la obligación de una estrategia digital en los centros, son todavía mayoría los colegios que no cuentan con protocolos claros de uso de dispositivos. En demasiadas ocasiones se apela a la responsabilidad de unos adolescentes que, por madurez evolutiva, todavía no están preparados para gestionar solos un entorno tan complejo, o a la implicación de las familias, sin ofrecerles recursos para que lo puedan hacer.

Frente a este panorama, lo fácil sería prohibir el uso de dispositivos en las aulas o demonizar la tecnología en casa. Pero eso sería pan para hoy y hambre para mañana. Porque la red no va a desaparecer de sus vidas. Lo que necesitamos es enseñarles a vivir en ella. Y ahí está la clave: no se trata de asustar, sino de capacitar. No de prohibir, sino de educar. Porque la alfabetización digital es la herramienta que permitirá a nuestros hijos e hijas navegar con criterio en la era digital. Y porque sin ella estaremos formando analfabetos funcionales en la sociedad del presente.

El reto es enorme, pero también lo es la oportunidad. Convertir la alfabetización digital en una prioridad social, educativa y familiar es la mejor inversión que podemos hacer. Y cuanto antes lo entendamos, antes podremos cambiar titulares alarmistas por realidades esperanzadoras.

Los dispositivos escolares acompañan a nuestros hijos dentro y fuera del horario lectivo. Como familias podemos quedarnos en el lamento fácil de “deberíamos volver a los libros” o aprovechar soluciones que permitan limitar el uso del Chromebook u ordenador una vez acaba la jornada escolar. Por otra parte, la brecha digital persiste: el alumnado de entornos socioeconómicos más desfavorecidos presenta un uso más intensivo y con menos supervisión, lo que agrava las desigualdades ya existentes. Aquí también hay dos opciones: seguir culpando a las familias de “no educar en lo digital” o apostar por programas educativos especialistas (como los que sí se ofrecen de educación vial o educación afectivo-sexual), que entrenen al alumnado en competencias digitales y habilidades emocionales para el buen uso de la tecnología.

En definitiva, podemos elegir entre quejarnos y no hacer nada o tomar acción: formar, limitar y acompañar. Porque la alfabetización digital no se resuelve con discursos nostálgicos, sino con medidas concretas.

Sonia Ledesma. Instituto de Bienestar Digital.

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