"En el caso de ETA, lo inédito no es defender la memoria particular y sentimental de un familiar que asesinó, sino difuminar en la conciencia colectiva la frontera entre el ejecutor y la víctima"

Publicado el 07/09/2025 a las 05:00
En 2001, de forma delicada, Ratko cortaba rosas y podaba bajo unas luminosas nubes un jardín vivo. Lo hacía de forma pausada, con manos precisas y tiempo para ello. Tenía 60 años y parecía un amable hombre dedicado con pasión a esa tarea de jardinería. Pero años antes Ratko Mladić había sido el jefe del Estado Mayor de la República de Srpska y responsable directo del asesinato de miles de musulmanes bosnios, por lo que en 2017 fue condenado a cadena perpetua por el Tribunal de La Haya acusado de crímenes contra la humanidad y genocidio. Trataba de que esas hermosas rosas crecieran con vigor de forma tan concienzuda como mandaba asesinar.
Uno de los temas más complejos para abordar en los procesos de normalización social tras años de violencia es el del nuevo papel de los perpetradores en el momento posterrorista. En nuestro caso, muchas veces se plantea el debate como si únicamente fueran posibles dos posiciones: el rencor infinito o el peligroso elogio, pero hay otras formas de tratar el tema.
En la vida de ETA, quienes han optado por un proceso sincero de autocrítica personal y política desvinculándose de las dinámicas marcadas por la izquierda abertzale han sido una minoría. Independientemente del beneficio penitenciario, pocas veces se ha expresado un perdón, una disculpa personal, ante semejantes barbaridades que tienen en el tiro en la nuca su punto más sádico. Todavía hoy la consideración social hacia el perpetrador está presente en declaraciones públicas, en pancartas en fiestas e incluso en listas electorales, y eso es un lastre para la convivencia.
La memoria no solo supone un gesto de solidaridad hacia atrás, también tiene connotaciones morales. Recordamos para prevenir, y, en esa lógica, deslegitimar la violencia y las acciones de quienes la practicaron es una tarea elemental de la memoria. Este no es un debate de tipo formal. Una vez cumplida su pena de cárcel cabe el reproche moral ante un perpetrador que sigue orgulloso de lo hecho.
Si algo nos demuestra la historia de los victimarios, en determinadas situaciones y tras un proceso de fanatización, es que una persona normal se puede convertir en alguien cruel y devastador. La violencia, de hecho, no está llena de monstruos sino de gente normal que aprieta un gatillo letal cuantas veces haga falta. El psicólogo Ervin Staub dice que “el mal que surge de una mentalidad ordinaria y es cometido por gente ordinaria es la norma, no la excepción”.
Como dijo Laura Silber para el caso de Yugoslavia, fue “gente mediocre que cometió crímenes extraordinarios”. Ese actuar, evidentemente, deja unas heridas enormes entre sus víctimas, pero también condiciona la vida de sus familiares y la de la sociedad violentada. La hija de Ratko Mladić, por ejemplo, se suicidó al conocer el pasado de su padre como responsable de las matanzas de miles de bosnios musulmanes.
“Suplicamos, rogamos, pedimos con todas nuestras fuerzas nos perdonen si verdaderamente nuestro hijo ha participado en tan desgraciado hecho”, dejaron escrito los padres del miembro de ETA Oskar Barreras, acusado de asesinar al policía nacional Luis Andrés Samperio.
En Argentina, algunos de los hijos y nietos de los perpetradores crearon la iniciativa Historias Desobedientes. La ruptura con ese pasado sucio y familiar tuvo como novedad que fue una iniciativa colectiva. Una de las impulsoras de esa ruptura fue Rita Vagliati, hija biológica del excomisario de la Policía de Buenos Aires Valentín Milton Pretti. Ella misma afirmó: “Soy la hija de un torturador. Por eso quiero cambiarme de apellido. Quiero terminar con este linaje de muertes porque no acepto ser la heredera de todo ese horror. Los apellidos son símbolos y el mío es uno muy oscuro, lleno de sangre y de dolor”.
Un perpetrador podía ser claro y sereno, tener ojos vivos y a la vez ser un cruel soldado. Como demostró la película La lista de Schindler, es compatible la ternura familiar y el mayor de los sadismos. En el caso de ETA, por ejemplo, lo inédito no es defender la memoria particular y sentimental de un familiar que asesinó, lo inédito es difuminar en la conciencia colectiva la frontera entre el ejecutor y la víctima y es ahí donde se ubica nuestra particular garantía de no repetición.
La violencia no solo es devastadora a nivel humano, también construye una estructura social (de gestión de la pluralidad, por ejemplo) que es necesario reparar de alguna manera. En ese camino, los perpetradores deben contribuir a la fijación de un nuevo significado de los derechos humanos y la convivencia y la sociedad debe contribuir a que transiten ese camino. Y ello, más que unas palabras nuevas, exige unas actitudes individuales pero también colectivas que todavía están por venir. Eduardo Mateo, gerente de la Fundación Fernando Buesa, subrayó en el Parlamento de Navarra: “No se puede estar a la mañana en el responso en homenaje a Tomás Caballero y a la tarde considerar a su asesino como un preso político”.
Joseba Eceolaza. Escritor.