"Resulta más sencillo aferrarse a la simpleza escrita en una pancarta que leer libros"

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Juan Gracia Armendáriz

Actualizado el 06/09/2025 a las 22:48

Hay quienes somos equinocciales, preferimos las estaciones de transición, el otoño y la primavera, al verano e invierno, tan inclementes. La infancia es propensa a los solsticios: el invierno, con sus regalos en el árbol, y el verano eterno de piscina, bicicletas y helados. Quizá, la edad nos lleva a suavizar los tonos vitales, a reducir la intensidad de nuestras antiguas certezas; no descreemos de los colores, simplemente los matizamos: el rojo de las hayas y la caída en balancín de una hoja. Nos inclinamos por los matices de la luz; por el declinar del otoño y la promesa en primavera de un renacer con todos los tonos del verde. Los solsticios son dogmáticos, unánimes, como la adolescencia. Todo o nada. Las hogueras de San Juan, el fuego purificador, el salto acrobático sobre el pasado, simbolizan certezas, actos de afirmación rebelde.

No corren buenos tiempos para los equinocciales: a pesar de que el día se acorta, el cambio climático amenaza con un verano sin tregua, diluyendo los matices en una luz que más que iluminar, ciega. Esta metáfora climática tiene su correspondencia con las corrientes de opinión. Frente a la amplia gama de grises, se ha impuesto el blanco o el negro, los muros de la división, la necesidad de certezas que anulan el matiz, la puntualización, la aceptación de que al otro le asiste cierta dosis de razón. Resulta más sencillo aferrarse a la simpleza escrita en una pancarta que leer libros.

El discurso político prefiere las temperaturas altas y, aunque uno tiene claras algunas cosas, la observación de la realidad política, lejos de acortar los días, los alarga en una noche blanca. Rechaza los equinoccios y se agarra a los solsticios interminables, a fin de que el ciudadano tenga muy claro dónde está “la verdad”. Los adolescentes de toda condición necesitan la adhesión a unas siglas transformadas en parroquias, donde la duda queda abolida y, por tanto, cualquier intento de matiz es excluido por heterodoxo, sospechoso y candidato a la hoguera pública. Mientras el cambio climático de la política lo permita, uno preferirá la luz que no ciega.

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