Mejorar en productividad y en humanidad

"Si la inteligencia artificial se introduce sin una visión humanista, se corre el riesgo de deshumanizar el trabajo, sustituyendo el talento humano por procesos automatizados sin considerar el impacto en la realización personal y profesional de quienes conforman la empresa"

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Juan Manuel Sinde

Actualizado el 26/08/2025 a las 12:00

Hace algunos meses se publicaba un informe del Banco Central Europeo (BCE) en el que se destacaba que el buen desempeño de la economía española se debía, en buena parte, a la aportación de los trabajadores inmigrantes. Reforzaba así la opinión del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones del Gobierno, que ha subrayado la adecuada integración de los inmigrantes latinoamericanos como un factor clave en el buen desempeño macroeconómico de la economía. Pero, a la vez, el citado informe del BCE advertía de la escasa aportación de la población ocupada autóctona a la mejora de su productividad, subrayando un mal endémico de la economía nacional.

En ese contexto, aparece la utilización de la inteligencia artificial como una de las fórmulas para dar un salto en la productividad. Fórmula que, por otro lado, parece ser una de las preocupaciones del papa León XIV, que ha mostrado tradicionalmente también una gran sensibilidad por los derechos de los trabajadores.

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La realidad es que en el pasado, según el repaso histórico que hace el conocido catedrático de Economía del MIT Daron Acemoglu en su libro Poder y progreso, las etapas en las que se han producido saltos espectaculares en la productividad merced a los descubrimientos científicos y técnicos han coincidido con condiciones de vida miserables para amplias capas de la población. Por referirnos sólo a los países occidentales, la Revolución industrial derivada de la máquina de vapor condujo a situaciones infrahumanas de los trabajadores necesarios para su aprovechamiento empresarial en las fábricas textiles, y el descubrimiento de la desmotadora de algodón no trajo ventaja alguna para los esclavos de los Estados del sur de EE UU.

Por ello cabe que, ante una inteligencia artificial que probablemente va a transformar de forma profunda la manera en que trabajamos por su potencial para mejorar la eficiencia, reducir costes y aumentar la competitividad, nos preguntemos si su aplicación puede contribuir a fortalecer un modelo empresarial que pone a la persona en el centro o constituye más bien una amenaza para el proceso de humanización de la empresa y la economía que previsiblemente el nuevo pontífice va a impulsar.

Si la inteligencia artificial se introduce sin una visión humanista, se corre el riesgo de deshumanizar el trabajo, sustituyendo el talento humano por procesos automatizados sin considerar el impacto en la realización personal y profesional de quienes conforman la empresa. Sin embargo, si se aplica con un enfoque ético e inclusivo, puede convertirse en una poderosa herramienta para potenciar dicho talento humano, liberando a las personas de tareas repetitivas y permitiéndoles enfocarse en actividades de mayor valor.

En cualquier caso, y para romper el círculo vicioso derivado de un progreso del que solo se aprovecha una minoría y que exacerba las desigualdades incluso en los países desarrollados, es preciso replantearse también qué destino dar a la generación de riqueza derivada de la mejora de la productividad, por otra parte imprescindible en unos momentos en los que las políticas trumpistas, sea cual sea su alcance definitivo, generarán un incremento de la intensidad competitiva en el mercado americano y, de rebote, en el resto del mundo.

En línea con lo que esperamos del Papa, nuestra propuesta iría en el sentido de aprovechar dichas mejoras para reforzar algunos de los valores relacionados con una mayor humanización de la economía y de la sociedad vascas. Deberían contribuir a reforzar la igual dignidad de toda persona, lo que implica luchar contra la explotación y la marginación; la preocupación por el bien común, de forma que la economía y la política se orienten hacia el bienestar de la sociedad en su conjunto, no solo del beneficio de unos pocos; y una solidaridad basada en el reconocimiento de la interdependencia entre las personas y que implica una preocupación activa por los demás y se traduce en políticas que promuevan una redistribución más justa de los recursos.

Asimismo, deberían mejorar la subsidiariedad, de forma que las decisiones se tomen en el nivel más cercano posible a los individuos y las comunidades, respetando la autonomía y capacidad de acción local; la justicia social, con una especial atención a los más desfavorecidos, corrigiendo las desigualdades estructurales excesivas; y la concepción del trabajo como un derecho y un deber, en la medida en que es fundamental para la realización de las personas y para la cohesión social, en un contexto de condiciones laborales dignas. Lo que coincide, básicamente, con nuestro propósito de impulsar el desarrollo humano de la sociedad vasca.

Juan Manuel Sinde. Presidente de Arizmendiarrieta Kristau Fundazioa

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