"No quiero continuar siendo un cínico y un cobarde ante la tragedia humana y quiero clamar contra ese imperialismo genocida del Gobierno de Israel"

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Luis Arbea

Actualizado el 16/08/2025 a las 05:00

El llanto es una manifestación conductual patrimonio específico del ser humano. Solo lloran las personas, aunque en esta regla general se haya colado una excepción que la confirma: ese saurio llorón que lo debe hacer mientras devora a sus presas y cuyas lágrimas, por supuesto y según los expertos, son de exclusiva naturaleza fisiológica y nada tienen que ver con el más mínimo sentimiento de tristeza o arrepentimiento. Son las populares lágrimas de cocodrilo tan recurridas cuando queremos atribuir un dolor fingido al plañidero de turno. Lágrimas artificiales, falsas, sin contenido emocional, normalizadas en un mundo cada vez más hipócrita y tramposo. Sin embargo, las auténticas surgen como espontánea y natural respuesta a sentimientos profundos de la más diversa índole que nos tocan la fibra y nos llegan al corazón como esas cargadas de tristeza por la pérdida de algo o alguien querido o las melancólicas que añoran lo que fue o pudo ser y no está con nosotros, o esas otras empáticas cuando nos ponemos a la altura del corazón de los demás y compartimos su dolor o su alegría; sin olvidar las lágrimas de felicidad cuando los éxitos nos hacen una visita o las de rabia e impotencia. De todos los colores, pero en todos los casos lágrimas liberadoras de indudable función adaptativa.

Esas que, por otra parte, en la cultura occidental nos han sido vetadas a muchos de nosotros, desde pequeños se nos ha repetido el mantra de que llorar no es de hombres, que es de mujeres. Y si no, que se lo digan a Boabdil el Chico: “Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre”, le reprochaba su madre en la histórica entrega de Granada, cuenta la leyenda. Una máxima disparatada cuando el llanto es una práctica beneficiosa para todas las personas: las lágrimas emocionales, sostienen los sabios, liberan endorfinas que reducen la excitación que en la mayoría de los casos (fundamentalmente en emociones negativas) acompaña a la angustia y arrastran en su lecho tristezas, amarguras… y hasta culpabilidades.

Incuestionable su carácter catártico y tranquilizador, algo que no nos debería extrañar, pues detrás de cada pena casi siempre se encuentra un poco de amor y este es el mejor remedio, tal vez el único, para reconciliarnos con la noche. Y, si nos ponemos aún más poéticos, también sugerente su carácter redentor: “Las lágrimas son el precio para alcanzar una estrella”, idealizaba León Felipe. Cosa buena, sin duda, esta del llanto. Por eso hoy quiero llorar, para descargar mi pecado, reconciliarme conmigo mismo y blanquear una conciencia ennegrecida con mi silencio y mi mirar hacia otro lado ante el exterminio de Gaza. Ese comportamiento egoísta e insolidario que no ha hecho más que “cocodrilear” lágrimas social y políticamente correctas pero que no comprometen y acaban resultando cómplices —no olvidemos que el que calla, otorga— y que me producen una vergüenza infinita y nada sirven para aliviar mi alma desilusionada. Una auténtica farsa.

Y por eso escribo estas líneas, porque no quiero continuar siendo un cínico y un cobarde ante la tragedia humana y quiero clamar contra ese imperialismo genocida y deshumanizador del actual Gobierno de Israel. Necesito llorar de verdad y quiero hacerlo compartiendo en voz alta los versos del poeta: “Aquel niño, entre escombros, busca a su madre. / No son lágrimas lo que brotan de sus ojos, sino pedazos de sangre. / Aquel niño, pañales de pólvora y fuego, busca pan y no lo encuentra. / No son lágrimas lo que brotan de sus ojos, sino pedazos de vida. / Avergonzado, también llora Dios”.

Luis Arbea es psicólogo y filósofo.

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