"Matar periodistas para que no cuenten la verdad es dejar al mundo a oscuras y a las víctimas mudas y desamparadas. En Gaza ya han muerto más de 200. Más que en ninguna otra guerra desde que se lleva la cuenta"


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Olga Brajnovic

Publicado el 14/08/2025 a las 05:00

Pero ¿un dron militar programado con alta precisión alcanzó en la noche del domingo al lunes la tienda de campaña en la que vivían cinco periodistas de la cadena catarí Al Jazeera con otros compañeros? El Ejército Israelí aseguró que uno de ellos era jefe de una célula de Hamas, cosa que no ha demostrado. Los demás los consideraron “daños colaterales”.

Los reporteros se habían quedado en el norte de Gaza a pesar de la orden de evacuación al sur, para informar sobre los efectos de los bombardeos y el estado de sitio en la población. Ellos se jugaron la vida para enseñar al mundo los horrores de la guerra y, en los últimos meses, las imágenes de los niños esqueléticos, muertos de hambre, en el sentido literal de esas tres palabras. Imágenes tan duras que en la mayor parte de los medios internacionales no las han publicado para no herir los sentimientos de la audiencia.

En todas partes se habla del más notorio de los periodistas muertos, Anas al-Sharif, de 28 años, que era el rostro de los reportajes más arriesgados y el más popular. Junto a él estaba Mohamed Qreiqeh, de 33 años, otro reportero conocido de Al Jazeera. Pero no hay que olvidar a los “otros tres”, que eran los que se ponían en peligro con sus cámaras para recoger las imágenes por las que han perdido la vida: Ibrahim Zaher, de 25 años; Mohamed Noufal, de 29; y Moamen Aliwa, de 23. También murió un periodista independiente que publicaba sus reportajes por Youtube: Mohamed al-Khaldi. Son nombres que probablemente nadie recordará pasados un par de días y menos fuera del mundo árabe. Seguramente esta relación haya hecho pesada la lectura de este artículo. Pero a esas personas se les debe un homenaje. Para Netanyahu son daños colaterales, para los periodistas del mundo son héroes que, como tantos otros, quedarán en el olvido, pero merecen que al menos se les nombre.

Israel no permite la entrada de periodistas internacionales en Gaza porque dice que no puede garantizar su seguridad. Desde luego, si los reporteros son, como en este caso, objetivos militares, es evidente que para ellos entrar en Gaza es ponerse en peligro cierto de muerte. Ya han muerto más de 200. Más que en ninguna otra guerra desde que se lleva la cuenta.

Ahora que está eliminado el equipo de Al Jazeera en el norte de Gaza y ya no hay testigos incómodos de lo que allí ocurre, el primer ministro israelí ha dejado caer que quizá en un futuro deje entrar a periodistas extranjeros. Cuando le convenga y como le convenga. Por ahora, cada vez menos voces, menos imágenes y más relatos fríos con cifras esterilizadas.

No hay nada más cruel que una guerra olvidada en la que las víctimas se quedan sin voz. Pasó en Gaza en los primeros meses del bloqueo, cuando se pusieron las bases de la hambruna que ahora mata a diario a decenas de personas. Ha pasado incontables veces en África, donde nadie presta atención a los conflictos que se enquistan o rebrotan como un cáncer rebelde sin que el resto del mundo les preste atención.

Matar periodistas para que no cuenten la verdad no es un crimen cualquiera. Es dejar al mundo a oscuras y a las víctimas mudas y desamparadas.

Olga Brajnovic es periodista.

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