Carta de los lectores
El alma partida por ver a gente desesperada buscando dónde vivir


Publicado el 28/07/2025 a las 05:00
Cuando después de desahuciar a tu hermano porque tienes que vender la casa de tu madre dependiente te encuentras con la desesperación de familias buscando casa, eso se llama provocar al ciudadano, y a algunos se nos rompe el corazón viendo cómo gobiernos se aprovechan de ellos y, luego, culpan a quienes son propietarios o al que se ponga por delante.
Cierto es que nuestro país tiene una gran querencia hacia la herencia familiar, hacia el lugar donde has nacido y les cuesta desprenderse de esas casas viejas, entre las cuales se encuentran las hipotecadas por la dependencia. No es mi caso. Pero no se puede traer a personas a trabajar, con niños, y que no encuentren un techo, un hogar donde rehacer sus vidas. Eso es ser doblemente traidor, meter a personas en una ratonera y, al propio tiempo, culpar a otros ciudadanos de esta situación.
Estoy viendo la desesperación de familias en Fustiñana, en Cabanillas, y supongo que en otros municipios, buscando al límite de la desesperación una vivienda. Suplicando, incluso. Y a mí, como persona, se me parte el alma. Y lo único que puedo hacer por ellos es gritar y escribir lo que estoy escribiendo ahora. Porque duele. Duele y no puedes hacer nada. Pero debe ser que los políticos no tienen corazón, solo aspiraciones.
Se lo dice una persona que se ve obligada por la Ley de Dependencia a vender la casa de su madre, donde vivía su hermano discapacitado -al que, por cierto, ni caso hacen-; coger el toro por los cuernos y sacarlo de ahí porque ya era imposible seguir allí; llevarlo a un piso de alquiler, difícil también, en otro lugar y pagarlo a medias, siendo, como soy, una mujer divorciada, con hijos y sin ninguna otra familia, pero con la valentía que los políticos no tienen.
Me da igual qué administración sea la competente, me da igual que se tiren los trastos a la cabeza, que quieran ganar la batalla del discurso, porque como políticos están perdiendo la batalla de la gestión; o, más bien, la batalla de la humanidad.
Ahora empiezan las fiestas de muchos pueblos. Recorrerán los balcones proclamando la alegría, el gozo de vivir, mientras otros malviven. Son esos mismos a los que dicen defender.
Y, a pesar de todo ello, no siento vergüenza por mi situación, extrema en lo que se refiere emocional y físicamente; siento vergüenza de tener que elegir entre tanta gente necesitada de vivir. Me duele el corazón que ellos no tienen.
Lidia Marta Elía Beuvain