Carta de los lectores

El alma partida por ver a gente desesperada buscando dónde vivir

Ilustración de una persona con inmovilidad entrando por la puerta de una casa en silla de ruedas
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Ilustración de una persona con inmovilidad entrando por la puerta de una casa en silla de ruedas
Ilustración de una persona con inmovilidad entrando por la puerta de una casa en silla de ruedas

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Lidia Marta Elía Beuvain

Publicado el 28/07/2025 a las 05:00

Cuando después de desahuciar a tu hermano porque tienes que vender la casa de tu madre dependiente te encuentras con la desesperación de familias buscando casa, eso se llama provocar al ciudadano, y a algunos se nos rompe el corazón viendo cómo gobiernos se aprovechan de ellos y, luego, culpan a quienes son propietarios o al que se ponga por delante.

Cierto es que nuestro país tiene una gran querencia hacia la herencia familiar, hacia el lugar donde has nacido y les cuesta desprenderse de esas casas viejas, entre las cuales se encuentran las hipotecadas por la dependencia. No es mi caso. Pero no se puede traer a personas a trabajar, con niños, y que no encuentren un techo, un hogar donde rehacer sus vidas. Eso es ser doblemente traidor, meter a personas en una ratonera y, al propio tiempo, culpar a otros ciudadanos de esta situación.

Estoy viendo la desesperación de familias en Fustiñana, en Cabanillas, y supongo que en otros municipios, buscando al límite de la desesperación una vivienda. Suplicando, incluso. Y a mí, como persona, se me parte el alma. Y lo único que puedo hacer por ellos es gritar y escribir lo que estoy escribiendo ahora. Porque duele. Duele y no puedes hacer nada. Pero debe ser que los políticos no tienen corazón, solo aspiraciones.

Se lo dice una persona que se ve obligada por la Ley de Dependencia a vender la casa de su madre, donde vivía su hermano discapacitado -al que, por cierto, ni caso hacen-; coger el toro por los cuernos y sacarlo de ahí porque ya era imposible seguir allí; llevarlo a un piso de alquiler, difícil también, en otro lugar y pagarlo a medias, siendo, como soy, una mujer divorciada, con hijos y sin ninguna otra familia, pero con la valentía que los políticos no tienen.

Me da igual qué administración sea la competente, me da igual que se tiren los trastos a la cabeza, que quieran ganar la batalla del discurso, porque como políticos están perdiendo la batalla de la gestión; o, más bien, la batalla de la humanidad.

Ahora empiezan las fiestas de muchos pueblos. Recorrerán los balcones proclamando la alegría, el gozo de vivir, mientras otros malviven. Son esos mismos a los que dicen defender.

Y, a pesar de todo ello, no siento vergüenza por mi situación, extrema en lo que se refiere emocional y físicamente; siento vergüenza de tener que elegir entre tanta gente necesitada de vivir. Me duele el corazón que ellos no tienen. 

Lidia Marta Elía Beuvain

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