El legado jacobeo de Navarra y sus retos

Publicado el 25/07/2025 a las 05:00
Hoy, 25 de julio, la Iglesia católica celebra la festividad de Santiago Apóstol, patrón de España. Dejando al margen el debate de la presencia de sus restos en Compostela, más próxima a la tradición que a la historia, un hecho resulta incuestionable: la peregrinación jacobea, vigente en diverso grado desde el siglo IX hasta la actualidad, es un fenómeno de primer orden en la historia de España y del Occidente europeo. Y todavía lo es en mayor medida, si lo referimos al territorio navarro. Estas líneas pretenden realizar un balance histórico de su legado y plantear una reflexión con los pros y contras de la situación en el momento presente.
En el 925, año de la muerte de Sancho Garcés I, verdadero fundador del reino de Pamplona, el eco de la peregrinación a Compostela apenas había repasado las fronteras del oeste peninsular. El pequeño reino, asentado en el prepirineo y la cuenca de Pamplona, inició su expansión hacia el suroeste y, como una cuña, avanzó por Tierra Estella hasta alcanzar las riberas del Ebro. Un siglo después, a la muerte de Sancho Garcés III el Mayor en 1035, el reino de Pamplona había extendido considerablemente sus dominios mediante acuerdos, matrimonios y conquistas, hasta convertirse en ese momento en el más importante de los reinos cristianos peninsulares. La tenue presencia jacobea del siglo anterior se había extendido por todo el norte peninsular, había saltado los Pirineos y comenzaban a llegar peregrinos de los más variados reinos europeos.
A partir del siglo XI, la peregrinación no fue solo un fenómeno religioso, aunque ese fuera el inequívoco fundamento de origen, sino que abarcó un ámbito mayor en el que lo político, lo social, lo cultural y lo económico formaron parte del hecho jacobeo. Así queda atestiguado cuando Sancho Ramírez, rey de aragoneses y pamploneses, concede hacia 1076 un fuero a la nueva población de Estella que, articulada en tres burgos, crece extraordinariamente hasta alcanzar en el siglo XIII los cinco mil habitantes. Es a lo largo del siglo XII cuando el impacto de la peregrinación jacobea se percibe con claridad con la creación de una serie de burgos a lo largo de la ruta que atraviesa el territorio de norte a suroeste, con los cambios cualitativos que dicha presencia implica: nuevas clases sociales, desarrollo del comercio, uso de la moneda, aumento demográfico, y eclosión de la cultura y el arte, con la generalización del románico y las lenguas romances. Tan es así que en 1162, Sancho VI el Sabio deja de titularse rey de Pamplona para pasar a llamarse de Navarra, con unas fronteras que, con algunos cambios significativos, perdurarán hasta la actualidad.
A la vista de todo ello no es de extrañar que los dos grandes medievalistas navarros, Lacarra y Martín Duque, convengan en otorgar al fenómeno jacobeo un papel fundamental en la configuración y articulación del territorio navarro, en mayor medida que en ningún otro reino cristiano peninsular.
Pasaron los siglos, y el fenómeno jacobeo continuó vigente en el territorio, aunque con vaivenes considerables: conoció su momento de esplendor en los siglos XII y XII; aunque todavía vigoroso, experimentó sus primeras crisis en los siglos XIV y XV; inició un descenso considerable a partir del siglo XVI, tras la reforma luterana, aunque las cifras de los siglos XVII y XVIII todavía son estimables; se redujo drásticamente en los siglos XIX y primera mitad del XX y comenzó a renacer de nuevo en la segunda mitad del siglo XX hasta alcanzar hoy las cifras probablemente más altas de toda su historia. Hasta la década de los noventa del siglo pasado, Navarra ejerció un liderazgo claro en esta revitalización: pionera en el ámbito asociativo, con la creación en 1962 de los Amigos del Camino de Santiago de Estella; adelantada en el patrimonial, con la recuperación de los edificios más emblemáticos; presente y activa en todos los foros institucionales; e innovadora en lo programático, con la aprobación del I Plan Global Interdepartamental en 1987, el primero de todas las administraciones del Camino, que abarcaba los ámbitos culturales, turísticos, sociales y económicos de forma conjunta y planificada. La restauración y revitalización del entorno de Roncesvalles, el conjunto jacobeo más emblemático de la ruta tras el de Santiago, sería un ejemplo paradigmático de lo dicho. El crecimiento casi exponencial de caminantes, no todos peregrinos en sentido estricto, experimentado en los últimos treinta años, ha traído muchas cosas positivas en todos los órdenes, especialmente en las poblaciones situadas a la vera del Camino Francés. Pero se atisban riesgos ciertos que es preciso tener en cuenta. Hoy, el liderazgo jacobeo lo ostenta Galicia, incluso más que el Ministerio de Cultura. Y lamentablemente, en su programación y desarrollo a través del Xacobeo, priman descaradamente los intereses económicos y turísticos, por encima de los culturales, sin que la Iglesia levante claramente voz ante semejante deriva.
Santiago es la meta, pero no hay peregrinación sin el resto del Camino. Y eso debe ser tenido en cuenta, reivindicarse y apoyarse.
Navarra no es ajena a estos problemas y todas las instituciones implicadas, civiles, religiosas y asociativas, deberían tomárselo más en serio. En el Camino hay sitio para todos, pero la ruta jacobea, Patrimonio de la Humanidad, no lo olvidemos, o recupera su sentido espiritual y cultural, o acabará devaluándose. Enuncio los retos pendientes. La administración foral, históricamente sensible, debe velar para que el legado jacobeo perdure cuidando el Camino físico, mejorando la señalización, continuando con la restauración del patrimonio y fomentado la peregrinación de larga duración, que está disminuyendo, sobre todo entre los peregrinos nacionales. Roncesvalles ha perdido peso y presencia. Urge una actuación conjunta de la administración civil y religiosa para revertir una situación que languidece y que no casa con su peso histórico de siglos. La diócesis tiene otros retos pendientes: la apertura de iglesias como asunto básico, y un plan pastoral para los peregrinos, que se echa en falta. Las asociaciones jacobeas navarras, tras años de titubeos, tienen clara su labor: acoger a los peregrinos de la forma que ellos mismos prefieren, en albergues sin ánimo de lucro basados y servidos por hospitaleros voluntarios.
Navarra le debe mucho al Camino y el Camino, aturdido por las cifras a veces engañosas, necesita instituciones que tengan ideas claras y compromisos firmes. El próximo Año Santo, 2027, está a la vuelta de la esquina. Preparémoslo como merece. En el día de Santiago, ¡Buen Camino!
Romás Felones Morrás (felonesroman@gmail.com)
