"Démosles, pues, la bienvenida y disfrutemos las fiestas de nuestros pueblos, auténticos carnavales de verano que nos invitan a un cabal desenfreno"

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Luis Arbea

Publicado el 23/07/2025 a las 05:00

Somos seres racionales por definición aristotélica. Así nos lo enseñaron y así lo aprendimos desde pequeños, pero ¿quién no ha sentido en más de una ocasión en el fondo de su corazón o en la trastienda de su mente la inequívoca llamada de locos impulsos y disparatadas motivaciones? Y es que el hombre también es un maravilloso animal irracional: la razón y la sinrazón como la cara y la cruz de la misma moneda: nuestra azarosa existencia. Siempre en continua pugna, pero siempre complementarias: lo racional, sin duda, representa el eje vertebrador de nuestra vida, pero también lo irracional, lo instintivo, es una manifestación constituyente de humanidad. Efectivamente, somos racionales, pero menos. Y menos mal, una vida sin emociones, sin pasión, nos convertiría en meras máquinas pensantes. Que sí, que es muy sabia la naturaleza, que ningún humano es totalmente racional ni totalmente irracional.

En nuestra vida ordinaria prevalece la razón y tal vez tenga que ser así, aunque me da la sensación de que de un modo un tanto excesivo. Cierto que estamos anegados de demasiados desatinos y que el autocontrol es cosa obligada para no caer en una esquizofrenia colectiva; sin embargo, es muy posible que nos hayamos pasado de la raya y hayamos creado una sociedad sobradamente encorsetada y materializada: nuestra cotidianidad adolece de gravedad donde lo festivo, incluso la risa, han quedado desdibujados. Demasiada razón. Y si bien es innegable que por ella la ciencia, el progreso, el bienestar material y, en última (¿o primera?) instancia, el dinero, tampoco podemos obviar que por la irracionalidad la poesía, la espiritualidad y el amor. Casi nada. Lo racional y lo sublime cara a cara, pero en ese diálogo un pragmatismo puro y duro que se impone por goleada acaba ordenando y organizándonos la vida. Una derrota posiblemente abusiva y a todas luces desproporcionada.

Menos mal que en cada verano emergen julio y agosto, oportunos y liberadores, pletóricos de fiestas patronales para equilibrar la balanza y rescatar nuestro yo más festivo, más primario y más vital; para rescatar, en definitiva, ese yo dionisíaco que, en mayor o menor medida, todos llevamos dentro. Excelente ocasión para quitarnos esa máscara seria y ordenada que nos exige la vida, olvidarnos de sesudos y pragmáticos razonamientos y de todo lo sombrío que nos rodea, y entregarnos a la intuición, a la imaginación y a la poesía. Abriendo los corazones a lo espontáneo, a lo impensado, a ese entusiasmo que añade un plus de autenticidad y encanto a nuestras vidas, a ese gramo de locura que nos hace más humanos.

Démosles, pues, la bienvenida y disfrutemos las fiestas de nuestros pueblos, auténticos carnavales de verano que nos invitan a un cabal desenfreno, un desvarío pasajero que comporta rejuvenecedores momentos de desinhibición —sin pasarnos de la raya, por supuesto— que nos proporcionan esa balsámica libertad que nos despoja del armazón de robot racionalizado en el que nos vamos convirtiendo. Momentos, por otra parte, de una irracionalidad terapéutica que en su función catártica nos libera de lo anualmente reprimido y nos permite identificarnos con esa parte de nuestro yo profundo adormecida. Una irracionalidad creativa frente a esa otra destructiva y gansteril que practican el inefable Trump y su cuadrilla de exterminadores.

Por todo ello, sea bien recibido ese sano y controlado desenfreno que por unos días nos posibilita la oportunidad de salirnos del guion, de olvidar nuestro oscuro alrededor, de abrirnos a lo inesperado y a lo no convencional en esos momentos de pasión y de mismidad que humanizan nuestra alma sensorial. Como sugiriera Beaudelaire: “De vino, de poesía o de virtud, es hora de embriagarse”.

Luis Arbea. Psicólogo y filósofo

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