"La mayoría de los perros me causan lástima por los dueños que les han tocado en suerte. Si yo fuera perro, me gustaría ser el mío"

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Juan Gracia Armendáriz

Publicado el 13/07/2025 a las 05:00

Me entiendo con mi perro de animal a animal. Al contrario de la tendencia actual, que desea elevar a los animales a la categoría humana, nosotros nos entendemos de especie a especie. Así fue hace treinta mil años cuando, según Konrad Lorenz, el hombre encontró al perro. Es evidente que, tras tantos años de convivencia, el perro se ha humanizado: trata de provocar compasión, mira con ternura, adivina deseos, colabora. La mano humana transforma al animal para siempre. Escuché decir a un naturalista japonés que nunca tocaba a un animal salvaje, pues el tacto trastocaba su interior. Frente a esta sabiduría, la puerilidad moderna anima a tratar a los perros como peluches que cubren desiertos afectivos. A algunos dueños les iría mejor con un hámster. A veces, el perro encarna una figura humana sobre la que recaen viejos rencores.

En mi calle de Madrid vive una señora que abronca a su perro a cada paso. Me da por pensar que el animal, gordo y tembloroso, encarna al marido muerto, sobre el que recae el rencor retroactivo de la anciana. La mayoría de los perros me causan lástima por los dueños que les han tocado en suerte. Si yo fuera perro, me gustaría ser el mío. Compartimos aficiones: caminar en busca de otros animales. En esos lances incruentos, soy el perro de mi perro. Él manda; yo me limito a seguirlo en labores de ojeador. A veces me mira para que sea yo quien dirija la partida, pero su olfato es más eficiente que mi intuición.

Me ha procurado momentos preciosos. Gracias a él he visto corzos a muy poca distancia, liebres, conejos, ardillas, tejones… y hasta una mangosta, una especie rara que se alimenta de lo que pilla. Camina con el andar de los oportunistas. Este verano está siendo pródigo en encuentros. A pesar de su tamaño, mi perro corre durante quince minutos tras un corzo y regresa luego a mis pies, henchido de energía. Sus ojos brillantes dicen: “¡Para esto estoy hecho!”. Los perros necesitan trabajo, algo más provechoso que un paseo al pipicán. John Berger tituló un libro '¿Por qué miramos a los animales?'. Se lo recomiendo.

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